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Nepal (11) - ¿Viajero o turista?

Viernes, 17 de Julio de 2009
Parte 11 de 12 de Viaje a Nepal
Un barquero de Phewa Tal

Un barquero de Phewa Tal

Por la mañana temprano alquilamos una barca para cruzar el lago Phewa Tal (200 rupias sólo por la ida), que nos dejó en un pequeño embarcadero a los pies de un camino que se adentraba en la selva, de árboles enormes llenos de lianas y, seguramente, mucho bicho lleno de patas y pelos y una necesidad imperiosa de clavar sus colmillos repletos de veneno en mi pobre persona. Decía la guía que ese camino llevaba hasta la Pagoda de la Paz Mundial, uno de los lugares más turísticos de Pokara. En lugar de alquilar un vehículo que nos llevara hasta la mismísima Pagoda, decidimos hacer el recorrido andando por la selva. La misma selva repleta de lianas y mucho bicho lleno de patas… etcétera. Por suerte no nos picó ningún bicho… aparte de los mosquitos de rigor. Pokara no está en la zona de Malaria, así que podemos decir que no pasó nada.

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Viajero 1 – turista 0.

Reconozco que yo ya estaba un poco harto de andar y esas casi dos horas de caminata cuesta arriba me sobraron un poco. Hay una cantidad máxima de horas de caminata en una vacaciones, y yo ya había superado mi límite con creces. Así que refunfuñé y maldije como un viejo cascarrabias al que despiertan de la siesta unos niños jugando a la pelota bajo su ventana. Llegamos a la famosa Pagoda y, la verdad, me quedé un poco como estaba (aunque mucho más sudado y cansado).  O sea, no me malinterpretéis. La Pagoda es bonita, toda blanca y tal. Pero es una Pagoda como el otro medio millar de pagodas que habíamos visto ya. Más grande, eso sí, y con más adornos dorados… pero igual. Vamos, que es como ir a ver iglesias románicas a Asturias. Para el que no entiende… son todas iguales. Ni siquiera las vistas desde lo alto (con lo que había costado llegar a lo alto) eran interesantes, casi no se veía el lago y las nubes tapaban todas las montañas. Nos pilló la nube de las 12, puntual como de costumbre. Nos hicimos la foto de rigor e iniciamos el camino de regreso.

La Pagoda de la Paz mundial

La Pagoda de la Paz mundial

Viajero 1 – turista 1.

En lugar de volver por la selva hasta el embarcadero, decidimos bajar por la otra vertiente de la montaña hasta la carretera y, allí, buscarnos la manera de regresar a Pokara. No anduvimos mucho  por la cuneta de la carrtera cuando un autobús multicolor y de bocina estridente nos dio alcance. Hicimos señas y paró para recogernos. Digamos que en cualquier parte es buena para poner una parada de autobús: basta con que haya alguien que quiera subir en él. El autobús, como todo en este país, estaba hasta arriba de gente, pero encontramos un lugar donde sentarnos en el gallinero. Por una vez, lo de gallinero se quedó sólo en una forma de hablar ya que no había gallinas.

La cascada del Diablo

La cascada del Diablo

Viajero 2 – turista 1.

Nos cobraron 50 rupias por un trayecto de 10 minutos y, a juzgar por las risas de la gente, nos debieron de cobrar más de la cuenta. El caso es que nos dejaron justo enfrente del lugar donde queríamos ir: Las cascadas del Diablo. O las cascadas de David, que no me quedó claro (en inglés es Devil’s Falls, o David’s Falls… así que dependiendo de la guía que uno use, así la llaman de una manera o de otra). Las cascadas son otro de los lugares marcados por la guía como visitables. Pagamos religiosamente la entrada, 20 rupias, y vimos desde un mirador como una cascada de más bien reducidas dimensiones entraba en una cueva estrepitosamente. Comparada con cualquier otra cascada vista hasta ese momento durante el trekking, esta parecía de juguete. Estaba, claro, atestado de turistas. Entre las actividades a realizar en tan fantastico lugar estaba la de tirar monedas (a ser posible euros) en el pozo de los deseos. reconozco que intentar acertar en el gueco para las monedas fue entretenido. Algo así como una tragaperras, sólo que en lugar de el bote acumulado, uno gana un deseo. Si eso.

El pozo de los deseos

El pozo de los deseos

Viajero 2 – turista 2.

Un poblado de refugiados tibetanos no quedaba demasiado lejos de allí, así que decidimos investigar antes de comer. debe de ser el único país del mundo donde sus refugiados viven mejor que la población autóctona. El pueblo tibetano recibe multitud de ayudas internacionales, mucho dinerito, por lo que sus casas y calles tienen un aspecto bastante mejor que las casas y calles puramente íes. Hasta televisiones planas y todo, nos dijeron que había. Ver, lo que se dice ver, no vimos ninguna. La verdad es que salimos un poco decepcionados de allí, porque nos pareció estar visitando un barrio residencial de clase media acomodada (para los cánones de la zona, claro).

Un templo tibetano. ¿Para qué sirven esas antenas?

Un templo tibetano. ¿Para qué sirven esas antenas?

Viajero 3 – turista 2.

De regreso nos perdimos por unas callejuelas y escuchamos lo que tenía toda la pinta de ser una oración multitudinaria. Se trataba de una procesión budista que terminaba en un templo, donde iniciarían un ritual. Cobraban por entrar y nos sonó a espectáculo para turistas y, como estábamos hambrientos, decidimos no entrar y buscar un sitio donde comer. El lugar elegido fue un vegetariano. Pero no imaginéis un vegetariano con sus mesas, sus manteles y demás. El vegetariano era un chiringuito junto a la carretera, muy cerca de donde nos habíamos bajado del autobús, donde un muchacho de poca edad regentaba el negocio familiar. Comimos muy bien, la verdad, rodeados por Hindúes y íes. La carta no era muy extensa. En realidad no había carta. Sólo había que apuntar con el dedo lo que querías comer. Decidimos probarlo todo y pedimos una cosa de cada, y un plato de fideos fritos para cada uno (Nuddels). Picaban como si se hubieran entrenado para ello toda la vida. Me gustaron especialmente una especie de rosquilla fritas.

Nuestro vegetariano (fui voluntariamente y sin mujeres de por medio)

Nuestro vegetariano (fui voluntariamente y sin mujeres de por medio)

Viajero 4 – turista 2.

Al terminar queríamos ver el mercado viejo y el mercado nuevo, situados en el centro de Pokara. Viendo el mapa podría ser una caminata de dos horas fácilmente, así que negociamos un precio con una furgoneta para que nos llevara (25 rupias por persona). Era una especie de Taxi compartido, porque había como 15 personas en la furgoneta, y el “cobrador”, casi encaramado por fuera de la furgoneta, avisaba a la gente para que se fueran subiendo más. Tardamos algo menos de 20 minutos en llegar al mercado nuevo, veinte minutos de experiencia por las atestadas calles de Pokara, las calles menos transitadas por turistas. Nos reconocieron como españoles y un chaval muy majo nos dio la enhorabuena por haber ganado la Eurocopa. Fernando Torres es un ídolo por allí.

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Viajero 5 – turista 2.

El mercado nuevo es un mercado como cualquiera de los nuestros. En realidad es como si fuera un mercadillo, porque, además de las tiendas normales (para ellos), había cantidad de puestos ambulantes. Vendían , ropa occidental y otros objetos, como sartenes o pinzas para la ropa. Vimos juguetes de plástico, cacerolas, o medias de señora. Todo el mundo con esa costumbre tan í de llevar los fajos de dinero en la mano. Si hicieran un estudio microbiológico de los billetes encontrarían miles o millones de nuevas especies. Hay billetes que parecen tener vida propia y resulta imposible mantenerlos estirados en una mesa. Paradójicamente, la más escrupulosa del grupo (no diré quien es) era la encargada de llevar el fondo común y de pagar… las caras que ponía al tocar los billetes eran todo un poema.

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

El mercado viejo era otra cosa. Tenía como base claramente la arquitectura Newar, de paredes de ladrillo y tejados de pizarra, aunque los productos que vendían eran muy parecidos, si no iguales. El entorno, eso sí, era más pintoresco. Mientras paseábamos por las callejuelas vimos multitud de pequeños altares y estupas en chiquitito, con restos de ofrendas florales y alguna que otra vela encendida. En ese momento no lo supimos, pero estábamos en plena fiesta de sacrificios. O, a lo mejor, ellos hacen sacrificios todo el año. De haber andado un poco más habríamos llegado a un templo más grande donde estaban degoyando animales. Una lástima.

En lugar de coger otro taxi para regresar al Lakeside (con un pequeño mosqueo por mi parte, que todo hay que decirlo), bajamos andando por las calles de la ciudad. La parte no turística de Pokara es completamente diferente al Lakaside: son todo casa bajas de dos plantas como mucho, con el consabido local comercial en el bajo. Hay mucha gente por la calle, pero casi todo el mundo está sentado, dejando la vida pasar. Nadie nos ofreció cuencos tibetanos o bálsamo de tigre. Lo único, algún taxista que otro nos ofrecía sus servicios (que sinceramente me habrían venido muy bien, porque no tenía ganas de seguir andando). En general, y quitando a un loco que nos siguió hasta la misma puerta del hotel, la gente nos miraba con curiosidad pero nos dejaba en paz. Algún niño que otro intentaba practicar su inglés, que no pasaba del “Hello”.

Frutas y hortalizas... lo normal.

Frutas y hortalizas... lo normal.

Viajero 6 – turista 2.

Por la noche elegimos un restaurante al azar del Lakeside, uno que estaba cerca del hotel, con vistas al lago y en el que había bailes regionales. Bebimos cerveza y comimos comidas no tan típicas. Entre pecho y espalda me metí un costillar de cerdo con salsa que me supo a gloria bendita, del que sólo quedaron unos cuantos huesos pelados. En sólo una noche me resarcí de todo el arroz, todo el pollo, todos los tallarines y las verduras fritas que comí en las dos semanas de Trekking. Podría decir que era el mejor costillar de cerdo que había comido en mi vida. Quizá no tanto… lo cierto es que recuperé el apetito, y eso era una gran noticia, al menos para mí.

Especias y colorantes

Especias y colorantes

Viajero 6 – turista 3.

Al día siguiente nos levantamos tarde (para los cánones de la zona) y desayunamos unos cruasanes riquísimos rellenos de chocolate y unos cafés capuchinos (dos por cabeza) en una cafetería alemana, sentados en una terracita acogedora cerca del lago, en Lakeside, el barrio de los turistas. Charlamos, vimos fotos y leímos la prensa local, la que estaba en inglés. Un largo desayuno la mar de relajado. Para mí fue el primer día que me sentí de vacaciones al 100%. Lo cierto es que necesitábamos un pequeño parón, después de tantos días de actividad frenética. A veces es bueno detenerse un momento y pensar en lo que se ha hecho. Que carajo! A veces es bueno detenerse un momento y punto…

Cualquier momento es bueno para ver la caja del día

Cualquier momento es bueno para ver la caja del día

Viajero 6 – turista 4.

Con el estómago lleno acudimos a la casa de masajes que habíamos visto el día anterior. Estaba al final de unas escaleras estrechas y lo regentaba un í menudo y fibroso. Nos hicieron descalzar y tumbar en unas camillas y empezaron con un masaje muy completo (no tan completo como algunos pueden estar pensando). La lástima fue que a los chicos nos lo dio un tío y a Mariu una muchacha de muy buen ver (que podía haber sido al revés, digo yo). Durante el masaje descubrí que tenía muy cargadas las piernas, la espalda y el resto del cuerpo. Eso sí, me quedé la mar de relajado (más o menos, que tampoco hay por qué entregarse) y casi como nuevo. El precio de un masaje de hora y media, 1000 rupias, unos 10€. Aquí habría costado como 5 o 6 veces más.

Pedazo costillar de Cerdo

Pedazo costillar de Cerdo

Viajero 6 – turista 5.

Después del masaje, fuimos otra vez a comer y, para terminar con un día completo de relax, después de compras. Había que empezar a mirar los regalos para la familia y algunas baratijas. Quien no quiso recorrer los miles de puestos de recuerdos, cuencos tibetanos y pañuelos de pasmina, se dedicó a conectarse a Internet o simplemente vegetó hasta la hora de la cena. Cena que fue en otro restaurante completamente diferente a los que habíamos visitados. Con un brindis terminamos nuestra jornada de relax en Pokara.

Viajero 6 – turista 6.

Al día siguiente cogeríamos un autobús y volvíamos a las andadas. Pero eso lo contaré en la próxima entrada.

Para concluír, un par de fotos que me gustan especialmente.

Un espectacular atardecer

Un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

Como siempre, las fotos se ven más grandes haciendo clic en ellas. Por cierto, los actos que he indicado que eran de turistas o de viajeros están un poco cogidos por los pelos. Mi intención fue el empate. Vosotros podéis tener vuestra propia opinión (y expresarla).

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