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Libros - El color de la magia
Martes, 21 de Julio de 2009La historia, la ciencia, el pensamiento… todo eso está muy bien. Pero lo que de verdad me gusta es echarme unas buenas risas leyendo un libro. Pues si queréis hacer igual que yo, nada mejor que Terry Pratchett y su El Color de la Magia.
Imaginemos un mundo que es un disco, que viaja por el universo a lomos de cuatro elefantes que, a su vez, descansan sobre la concha de una tortuga inmensa. Supongamos que ese mundo sea un mundo donde la magia (la de verdad, no la que hacen los ilusionistas) está muy presente en la vida de sus habitantes. Imaginemos que hay humanos, enanos, elfos, dragones, trolls, duendes y brujas y un ser al que nadie sabe ubicar en una especie concreta al que llaman cabo Nobbs de la guardia.
Pues imaginemos que, un día, desembarca en la ciudad un turista. Alguien para el una trifulca en un bar es “folclore”, o la comida que vende el señor Y-Voy-A-La-Ruina (indescriptible y, a veces, con vida propia) es “una muestra de la gastronomía la región”. Y le asignan como guía a un mago pésimo pero con una habilidad sin igual para sobrevivir (sobretodo corriendo más que los problemas).
Terry Pratchett usa las tópicos de los mundos de fantasía creados por escritores como Tolkien para meterse con los tópicos de nuestro día a día, creando una novela divertidísima, con una acción trepidante y una ración extra de mala uva.
Lo malo de la saga del Mundodisco es que hay un montón de libros. Lo bueno es que hay un montón de libros. El color de la magia es el primero de todos ellos. Es imprescindible empezar por éste.
EL COLOR DE LA MAGIA
TERRY PRATCHETT
DEBOLSILLO
288 páginas
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo
ISBN: 9788497596794
Colección: BEST SELLER DEBOLSILLO
Edición:1ª
Año de edición:2003
Popularity: 1%
Nepal (11) - ¿Viajero o turista?
Viernes, 17 de Julio de 2009Por la mañana temprano alquilamos una barca para cruzar el lago Phewa Tal (200 rupias sólo por la ida), que nos dejó en un pequeño embarcadero a los pies de un camino que se adentraba en la selva, de árboles enormes llenos de lianas y, seguramente, mucho bicho lleno de patas y pelos y una necesidad imperiosa de clavar sus colmillos repletos de veneno en mi pobre persona. Decía la guía que ese camino llevaba hasta la Pagoda de la Paz Mundial, uno de los lugares más turísticos de Pokara. En lugar de alquilar un vehículo que nos llevara hasta la mismísima Pagoda, decidimos hacer el recorrido andando por la selva. La misma selva repleta de lianas y mucho bicho lleno de patas… etcétera. Por suerte no nos picó ningún bicho… aparte de los mosquitos de rigor. Pokara no está en la zona de Malaria, así que podemos decir que no pasó nada.
Viajero 1 – turista 0.
Reconozco que yo ya estaba un poco harto de andar y esas casi dos horas de caminata cuesta arriba me sobraron un poco. Hay una cantidad máxima de horas de caminata en una vacaciones, y yo ya había superado mi límite con creces. Así que refunfuñé y maldije como un viejo cascarrabias al que despiertan de la siesta unos niños jugando a la pelota bajo su ventana. Llegamos a la famosa Pagoda y, la verdad, me quedé un poco como estaba (aunque mucho más sudado y cansado). O sea, no me malinterpretéis. La Pagoda es bonita, toda blanca y tal. Pero es una Pagoda como el otro medio millar de pagodas que habíamos visto ya. Más grande, eso sí, y con más adornos dorados… pero igual. Vamos, que es como ir a ver iglesias románicas a Asturias. Para el que no entiende… son todas iguales. Ni siquiera las vistas desde lo alto (con lo que había costado llegar a lo alto) eran interesantes, casi no se veía el lago y las nubes tapaban todas las montañas. Nos pilló la nube de las 12, puntual como de costumbre. Nos hicimos la foto de rigor e iniciamos el camino de regreso.
Viajero 1 – turista 1.
En lugar de volver por la selva hasta el embarcadero, decidimos bajar por la otra vertiente de la montaña hasta la carretera y, allí, buscarnos la manera de regresar a Pokara. No anduvimos mucho por la cuneta de la carrtera cuando un autobús multicolor y de bocina estridente nos dio alcance. Hicimos señas y paró para recogernos. Digamos que en Nepal cualquier parte es buena para poner una parada de autobús: basta con que haya alguien que quiera subir en él. El autobús, como todo en este país, estaba hasta arriba de gente, pero encontramos un lugar donde sentarnos en el gallinero. Por una vez, lo de gallinero se quedó sólo en una forma de hablar ya que no había gallinas.
Viajero 2 – turista 1.
Nos cobraron 50 rupias por un trayecto de 10 minutos y, a juzgar por las risas de la gente, nos debieron de cobrar más de la cuenta. El caso es que nos dejaron justo enfrente del lugar donde queríamos ir: Las cascadas del Diablo. O las cascadas de David, que no me quedó claro (en inglés es Devil’s Falls, o David’s Falls… así que dependiendo de la guía que uno use, así la llaman de una manera o de otra). Las cascadas son otro de los lugares marcados por la guía como visitables. Pagamos religiosamente la entrada, 20 rupias, y vimos desde un mirador como una cascada de más bien reducidas dimensiones entraba en una cueva estrepitosamente. Comparada con cualquier otra cascada vista hasta ese momento durante el trekking, esta parecía de juguete. Estaba, claro, atestado de turistas. Entre las actividades a realizar en tan fantastico lugar estaba la de tirar monedas (a ser posible euros) en el pozo de los deseos. reconozco que intentar acertar en el gueco para las monedas fue entretenido. Algo así como una tragaperras, sólo que en lugar de el bote acumulado, uno gana un deseo. Si eso.
Viajero 2 – turista 2.
Un poblado de refugiados tibetanos no quedaba demasiado lejos de allí, así que decidimos investigar antes de comer. Nepal debe de ser el único país del mundo donde sus refugiados viven mejor que la población autóctona. El pueblo tibetano recibe multitud de ayudas internacionales, mucho dinerito, por lo que sus casas y calles tienen un aspecto bastante mejor que las casas y calles puramente nepalíes. Hasta televisiones planas y todo, nos dijeron que había. Ver, lo que se dice ver, no vimos ninguna. La verdad es que salimos un poco decepcionados de allí, porque nos pareció estar visitando un barrio residencial de clase media acomodada (para los cánones de la zona, claro).
Viajero 3 – turista 2.
De regreso nos perdimos por unas callejuelas y escuchamos lo que tenía toda la pinta de ser una oración multitudinaria. Se trataba de una procesión budista que terminaba en un templo, donde iniciarían un ritual. Cobraban por entrar y nos sonó a espectáculo para turistas y, como estábamos hambrientos, decidimos no entrar y buscar un sitio donde comer. El lugar elegido fue un vegetariano. Pero no imaginéis un vegetariano con sus mesas, sus manteles y demás. El vegetariano era un chiringuito junto a la carretera, muy cerca de donde nos habíamos bajado del autobús, donde un muchacho de poca edad regentaba el negocio familiar. Comimos muy bien, la verdad, rodeados por Hindúes y Nepalíes. La carta no era muy extensa. En realidad no había carta. Sólo había que apuntar con el dedo lo que querías comer. Decidimos probarlo todo y pedimos una cosa de cada, y un plato de fideos fritos para cada uno (Nuddels). Picaban como si se hubieran entrenado para ello toda la vida. Me gustaron especialmente una especie de rosquilla fritas.
Viajero 4 – turista 2.
Al terminar queríamos ver el mercado viejo y el mercado nuevo, situados en el centro de Pokara. Viendo el mapa podría ser una caminata de dos horas fácilmente, así que negociamos un precio con una furgoneta para que nos llevara (25 rupias por persona). Era una especie de Taxi compartido, porque había como 15 personas en la furgoneta, y el “cobrador”, casi encaramado por fuera de la furgoneta, avisaba a la gente para que se fueran subiendo más. Tardamos algo menos de 20 minutos en llegar al mercado nuevo, veinte minutos de experiencia por las atestadas calles de Pokara, las calles menos transitadas por turistas. Nos reconocieron como españoles y un chaval muy majo nos dio la enhorabuena por haber ganado la Eurocopa. Fernando Torres es un ídolo por allí.
Viajero 5 – turista 2.
El mercado nuevo es un mercado como cualquiera de los nuestros. En realidad es como si fuera un mercadillo, porque, además de las tiendas normales (para ellos), había cantidad de puestos ambulantes. Vendían comida, ropa occidental y otros objetos, como sartenes o pinzas para la ropa. Vimos juguetes de plástico, cacerolas, o medias de señora. Todo el mundo con esa costumbre tan Nepalí de llevar los fajos de dinero en la mano. Si hicieran un estudio microbiológico de los billetes encontrarían miles o millones de nuevas especies. Hay billetes que parecen tener vida propia y resulta imposible mantenerlos estirados en una mesa. Paradójicamente, la más escrupulosa del grupo (no diré quien es) era la encargada de llevar el fondo común y de pagar… las caras que ponía al tocar los billetes eran todo un poema.
El mercado viejo era otra cosa. Tenía como base claramente la arquitectura Newar, de paredes de ladrillo y tejados de pizarra, aunque los productos que vendían eran muy parecidos, si no iguales. El entorno, eso sí, era más pintoresco. Mientras paseábamos por las callejuelas vimos multitud de pequeños altares y estupas en chiquitito, con restos de ofrendas florales y alguna que otra vela encendida. En ese momento no lo supimos, pero estábamos en plena fiesta de sacrificios. O, a lo mejor, ellos hacen sacrificios todo el año. De haber andado un poco más habríamos llegado a un templo más grande donde estaban degoyando animales. Una lástima.
En lugar de coger otro taxi para regresar al Lakeside (con un pequeño mosqueo por mi parte, que todo hay que decirlo), bajamos andando por las calles de la ciudad. La parte no turística de Pokara es completamente diferente al Lakaside: son todo casa bajas de dos plantas como mucho, con el consabido local comercial en el bajo. Hay mucha gente por la calle, pero casi todo el mundo está sentado, dejando la vida pasar. Nadie nos ofreció cuencos tibetanos o bálsamo de tigre. Lo único, algún taxista que otro nos ofrecía sus servicios (que sinceramente me habrían venido muy bien, porque no tenía ganas de seguir andando). En general, y quitando a un loco que nos siguió hasta la misma puerta del hotel, la gente nos miraba con curiosidad pero nos dejaba en paz. Algún niño que otro intentaba practicar su inglés, que no pasaba del “Hello”.
Viajero 6 – turista 2.
Por la noche elegimos un restaurante al azar del Lakeside, uno que estaba cerca del hotel, con vistas al lago y en el que había bailes regionales. Bebimos cerveza y comimos comidas no tan típicas. Entre pecho y espalda me metí un costillar de cerdo con salsa que me supo a gloria bendita, del que sólo quedaron unos cuantos huesos pelados. En sólo una noche me resarcí de todo el arroz, todo el pollo, todos los tallarines y las verduras fritas que comí en las dos semanas de Trekking. Podría decir que era el mejor costillar de cerdo que había comido en mi vida. Quizá no tanto… lo cierto es que recuperé el apetito, y eso era una gran noticia, al menos para mí.
Viajero 6 – turista 3.
Al día siguiente nos levantamos tarde (para los cánones de la zona) y desayunamos unos cruasanes riquísimos rellenos de chocolate y unos cafés capuchinos (dos por cabeza) en una cafetería alemana, sentados en una terracita acogedora cerca del lago, en Lakeside, el barrio de los turistas. Charlamos, vimos fotos y leímos la prensa local, la que estaba en inglés. Un largo desayuno la mar de relajado. Para mí fue el primer día que me sentí de vacaciones al 100%. Lo cierto es que necesitábamos un pequeño parón, después de tantos días de actividad frenética. A veces es bueno detenerse un momento y pensar en lo que se ha hecho. Que carajo! A veces es bueno detenerse un momento y punto…
Viajero 6 – turista 4.
Con el estómago lleno acudimos a la casa de masajes que habíamos visto el día anterior. Estaba al final de unas escaleras estrechas y lo regentaba un nepalí menudo y fibroso. Nos hicieron descalzar y tumbar en unas camillas y empezaron con un masaje muy completo (no tan completo como algunos pueden estar pensando). La lástima fue que a los chicos nos lo dio un tío y a Mariu una muchacha de muy buen ver (que podía haber sido al revés, digo yo). Durante el masaje descubrí que tenía muy cargadas las piernas, la espalda y el resto del cuerpo. Eso sí, me quedé la mar de relajado (más o menos, que tampoco hay por qué entregarse) y casi como nuevo. El precio de un masaje de hora y media, 1000 rupias, unos 10€. Aquí habría costado como 5 o 6 veces más.
Viajero 6 – turista 5.
Después del masaje, fuimos otra vez a comer y, para terminar con un día completo de relax, después de compras. Había que empezar a mirar los regalos para la familia y algunas baratijas. Quien no quiso recorrer los miles de puestos de recuerdos, cuencos tibetanos y pañuelos de pasmina, se dedicó a conectarse a Internet o simplemente vegetó hasta la hora de la cena. Cena que fue en otro restaurante completamente diferente a los que habíamos visitados. Con un brindis terminamos nuestra jornada de relax en Pokara.
Viajero 6 – turista 6.
Al día siguiente cogeríamos un autobús y volvíamos a las andadas. Pero eso lo contaré en la próxima entrada.
Para concluír, un par de fotos que me gustan especialmente.
Como siempre, las fotos se ven más grandes haciendo clic en ellas. Por cierto, los actos que he indicado que eran de turistas o de viajeros están un poco cogidos por los pelos. Mi intención fue el empate. Vosotros podéis tener vuestra propia opinión (y expresarla).
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