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Nepal (1) – Katmandú
Viernes, 17 de Abril de 2009Nota del Autor. Comienza aquí una serie de artículos sobre el viaje a Nepal del pasado otoño. Son unos pocos y los iré publicando poco a poco. Cada viernes. No creo que haga falta, pero por si acaso queda alguna duda lo diré: en estas páginas queda reflejada mi opinión y mi propia visión de los hechos. Así que hay una gran carga subjetiva en cada palabra. Lo que mis compañeros de viaje opinaron o vivieron se lo deberéis preguntar a ellos. Por supuesto no es una crónica fiel de lo que vivimos pero se parece mucho. Las fotos no son sólo mías (la mayoría no lo son, especialmente la buenas), sino que hay de todos. Ocho ojos ven más que dos. Espero que os guste.
Viajar en avión tiene un efecto de compartimiento estanco. Uno se sube al avión en Barajas, con un día nublado propio del otoño y, tras un montón de horas con una temperatura estable, unas azafatas solícitas dando comida cada poco tiempo y una televisión para ti solo, en la que ver películas en inglés con subtítulos en chino, jugar al Tetris o montarte tu propia recopilación de grandes éxitos de todos los tiempos con los que amenizarte las horas, se baja en Nepal con un calor tropical pegajoso. Pero entre medias no ha habido transición. Ni siquiera se aprecia la transformación del paisaje.
Bien pensado, lo del paisaje o la temperatura es lo de menos. Lo realmente importante es la cultura. Y la cultura Nepalí, como la de la mayor parte de Asia, es completamente diferente a la nuestra. El choque cultural es brutal.
Desde España, a través de Internet, habíamos contactado con una agencia especializada en montaña. Una agencia local, sin intermediarios y a precios locales. Nuestro hombre de contacto era un tal Madah y había insistido en ir a recogernos al aeropuerto. La verdad es que nos habíamos olvidado de él hasta que vimos a un hombre, pequeño y moreno, con un cartel escrito a mano con el nombre de Ángel, esperando en la calle. Nos llevó hasta su furgoneta y se metió en la vorágine del tráfico de Katmandú, con nosotros dentro.

Thamel, Katmandú, Nepal
Para un occidental, para un occidental tranquilo como es mi caso, el tráfico de Katmandú sólo podría tener un adjetivo: caótico. La línea divisoria, cuando la hay, no es más que un adorno. En una calle, por estrecha que esta sea, entran tantos coches, motos, bicicletas o viandantes como físicamente sea posible, sin chocar, en la mayoría de los casos. Cualquier vehículo circula indistintamente por cualquier lado de la calle, y todos parecen tener una prisa enorme, ya que se adelantan sin cesar unos a otros. Eso sí, son muy educados y se avisan del adelantamiento (o cualquier otra maniobra) mediante el claxon… sin importar la hora del día o de la noche. Hay guardias urbanos, como es natural, pero que más que ayudar, aparentemente añaden un poco más de caos y ruido. Desordenan el tráfico dando indicaciones con el silbato “a quien se sienta aludido”… así que todo es un poco confuso.

El basurero tipico, Katmandú, Nepal
Las motos campean a sus anchas, con un número de ocupantes que varía entre uno y cuatro, luchando en un hábitat donde no escasean las bicicletas o los ritsows turísticos. Pero la inmensa mayoría son peatones. Hay gente por todas partes. Sentadas en las numerosas tiendas, en las escaleras de los templos, en la acera (cuando la hay)… pero, sobre todo, caminando por la calle, en un incesante ir y venir. Se ven niños con uniforme del colegio, serpas con fardos enormes a la espalda, mujeres vestidas con impolutos saris sorprendentemente blancos o de otros colores, policías con palos, hombres con mascarilla, con sandalias o descalzos, cogidos de la mano… podríamos decir que Katmandú rebosa vida, cuando lo que cabría esperar sería encontrar personas atropelladas cada dos por tres.

Una calle cercana a la plaza Durbar, Katmandú, Nepal
Nuestro Hotel estaba situado en Thamel, un populoso barrio en pleno centro de Katmandú, especializado en la atención al occidental. Nuestra llegada coincidió, además, con la fiesta del turista, lo que añadió cierto colorido al recorrido por las atestadas calles. De haber llegado en el primer vuelo de la mañana, el hotel no shabría salido gratis. Nuestro anfitrión, Madah, nos dejó en el hotel y se despidió de nosotros hasta el día siguiente por la mañana, cuando nos recogería para ir a su oficina y ultimar algunos detalles del trekking. Tardamos el tiempo justo de dejar las mochilas en la habitación y salir pitando para la calle… a tomar el pulso a la noche Nepalí.
Thamel es un pequeño laberinto de calles estrechas atestadas de tiendas de artesanía típica, agencias de viajes, restaurantes de comida Nepalí, Mexicana o italiana (a veces todo junto), pastelerías alemanas, agencias de cambio de moneda y cybercafés. La fauna típica es el turista, que se suele mover en grupos, para defenderse del acoso de los vendedores de bálsamo de tigre, cerámica tradicional o cuencos tibetanos. Y también hachis (Jesús), marihuana y cosas un poco más fuertes. Y el acoso puede ser muy agobiante, sobre todo si no se está acostumbrado a tener que decir unas cien veces que no, que no quieres el bálsamo de tigre, que muchas gracias, de verdad, pero que no. Y nosotros no estábamos muy acostumbrados.

Pescadería típica, Katmandú, Nepal
Por la mañana Katmandú no mejoró mucho su aspecto con la nueva luz. Después de arreglar los papeles del permiso de entrada al Parque de los Annapurnas, salimos de Thamel y dejamos vagar nuestros pasos a donde nos quisieran llevar, pero siempre intentando huir del Katmandú para turistas. Digamos que hay una cantidad máxima de bálsamo de tigre que uno es capaz de rechazar en un día.

Carnicería típica, Katmandú, Nepal
La impresión que me dio fue que Katmandú es un enorme bazar de todo a cien (rupias). Prácticamente cada casa tiene un comercio en sus bajos. Pero eso sí, una vez fuera de la zona turística, las tiendas de alfombras, de pañuelos de pasmina, de cuencos tibetanos y objetos de latón, se fueron transformando poco a poco en tiendas de chandals falsificados, pinzas de plástico para colgar la ropa o esmaltes de uñas. Y, claro, pescaderías, carnicerías y fruterías. Está bien… y tiendas de electrónica, y telefonía móvil. Es como si los productos típicos que nos pretendían vender no fueran con ellos… y se chiflaran por objetos más “occidentales”.
En general hay calles que están asfaltadas y calles de tierra. Y calles que una vez, en un pasado remoto, parecieron tener asfalto. Casi todas bacheadas, algunas con grandes socavones, aunque eso no evita que los coches y otros vehículos circulen a una velocidad endiablada. Los postes de la luz se agolpan en algunas zonas, y la maraña de cabes eléctricos asemeja al follaje de un bosque descuidado. A veces aparece un pequeño templo aquí o allá, y de vez en cuando, al final de un callejón oscuro, hay una plaza con una enorme pagoda circular llena de banderitas de colores (que luego resultaron ser plegarias) y niños jugando con cometas. Todo tiene un aspecto bastante descuidado. Incluso la famosa plaza Durbar, junto al palacio Real, está sucia y dejada. Los templos escalonados parecen necesitar algún arreglo que otro. Quizá por eso las autoridades cobran 200 rupias (2€) para entrar a verla y hasta hacen un carné, como el del video club, para poder verla más veces por el mismo precio.
Los últimos coletazos del monzón nos pillaron en la calle. Sorprendentemente, al caer las primeras gotas, todos los puestos ambulantes y toda la gente que antes pululaba (o simplemente estaba sentanda ociosa) desapareció de la vista en un abrir y cerrar de ojos. Para refugiarnos de los enormes goterones, seguimos las recomendaciones de unos chavales y nos metimos en un local donde daban comidas (no me atrevo a llamarlo restaurante) pequeño y oscuro. Y es ahí donde probamos la gastronomía local. El menú consistió en una sopa (picante) de primero y arroz con carne y salsa (más picante todavía) de segundo. Todo muy típico y pintoresco. Y barato. Fue una comida romántica a la luz de las velas… pese a ser todavía de día. Aunque el motivo lo descubrimos algunos días más tarde.
Madah nos esperaba a las 7 de la tarde en el Hotel. Venía con Chewan, el que sería nuestro guía durante las dos semanas siguientes, y los sherpas que llevarían nuestras (pesadas) mochilas. Nos traía, además, los sacos de dormir de pluma que utilizaríamos en las duras condiciones climáticas que estaban por venir. Y tenía dos noticias, una mala y otra peor. La mala era que no había conseguido billetes de autobús para el día siguiente, así que había que madrugar un poco más por la mañana para conseguirlos en la “propia estación de autobuses”. La peor era que las últimas lluvias habían destruido la carretera por la que tenía que pasar el jeep que nos llevaría al inicio de la ruta, por lo que había que añadir un día más de marcha… eso implicaba añadir un día más de gastos. Y, ya puestos, teníamos que abonar el precio acordado en ese momento. Podíamos pagar en dólares, euros o rupias, pero había que pagarlo entero, más el día adicional. Y lo pagamos.
Y nos fuimos a la cama con la sensación de que si Madah quería, podía desaparecer con nuestro dinero sin dejar rastro y no teníamos nada con qué reclamarlo.
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