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Libros - Wilt

Martes, 30 de Junio de 2009
Wilt y la muñeca

Wilt y la muñeca

Hay que leer de todo. Pero yo también soy partidario de divertirse leyendo. No todo es aprender, digo yo. Así que en mi biblioteca particular siempre hay un lugar destacado para los libros de humor. Y, con humor, no me refiero a libros de chistes de Lepe o cosas así. Me refiero a literatura de humor.

Otro de mis libros favoritos de todos los tiempos, un libro que suelo releer con cierta regularidad, es el libro que recomiendo esta semana. El libro se titula como su protagonista: Wilt, y, aunque no es el objeto de este artículo, os digo que tiene dos secuelas igualmente divertidas. Para los que no quieran leer, que de todo hay en la viña del señor, hicieron una película a finales de los ochenta bastante fiel al libro. Pero, como siempre, el libro es mejor.

Sin entrar en muchos detalles, la historia trata sobre Wilt, un amargado profesor de literatura en un instituto de formación profesional, que da clases a chicos, digamos, poco interesados en la literatura. Tiene una mujer, Eva, que es una persona muy vital y, sobre todo, propensa a cambiar de aficiones, según sople el viento de la modernidad. Wilt fantasea imaginando el crimen perfecto mientras saca a pasear al perro, y más concretamente, con el asesinato de su mujer. Al conocer a una pareja de excéntricos norteamericanos, la vida de Wilt se complica. Para no reventar nada, sólo diré que entra en escena una muñeca hinchable y un triste oficial de policía, el inspector Flint, que le acusa de la desaparición de su mujer.

Tom Sharpe consigue no ya arrancar una sonrisa, sino hacer reír a carcajadas. Tiene diálogos inteligentes e ingeniosas situaciones. Es un libro sin grandes pretensiones. Sólo hacer reír, que no es poco. Literatura de consumo, que dicen.

WILT
TOM SHARPE

ANAGRAMA
254 páginas
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo
ISBN: 9788433920836
Colección: ANAGRAMA COMPACTOS
Edición:11ª
Año de edición:2002

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Sobre la sustituta

Miércoles, 20 de Mayo de 2009

La profesora sustituta

La profesora sustituta

Hola amigos.

En tercero de BUP yo tenía una profesora de lenguaje a la que llamábamos “La Garrapata”. Era un mote heredado de cursos anteriores, así que muy bien no sé a qué venía. Unos decían que era por la inmensa verruga que tenía en la cara, de esas verrugas peludas que parecen tener personalidad propia, y una opinión bien formada sobre política. Una verruga hipnótica que, aún sin tener con qué hacerlo, te da la sensación de que te está mirando… y no bien, precisamente. Otros decían que la llamaban así porque era ligeramente contrahecha y pequeña. Y fea como su mote. Yo me inclino a pensar que simplemente alguien le puso ese mote porque le pareció especialmente desagradable.

Lo cierto es que con ella mis posibilidades de aprobar se podían equiparar a las de un emigrante recién llegado del África más profunda, sin saber castellano y, posiblemente, con alguna deficiencia auditiva aguda. Algunas sillas sacaban mejores notas que yo. Con ella todo el mundo estaba suspenso y, al menos en mi caso, no hacía falta que demostrara lo contrario. En realidad a mí no me preocupaba lo más mínimo suspender lenguaje… a fín de cuentas yo siempre he sido de ciencias. Pero a mis padres nunca les gustó que yo suspendiera nada, así que cada vez que llevaba las notas a casa había conflictos generacionales en los que siempre se terminaba oyendo “jovencito, yo a tu edad ya estaba trabajando”. Pero no sólo por el lenguaje, sino por el resto de asignaturas que suspendía, que no eran pocas. Nunca fui un alumno muy aplicado.

El tercer trimestre “La Garrapata” se puso mala. Ese hecho supuso que corrieran muchos rumores sobre las posibles enfermedades de la pobre mujer. Algunos realmente imaginativos. Al final resultó ser Hepatitis, lo que la mantuvo de baja durante el resto del curso. Para ella fue una mala noticia, pero para nosotros abría un resquicio a la esperanza. El profesor de sustitución que pone la compañía de seguros desde el kilómetro cero no podía ser peor que la señora de la verruga.

El profesor fue en realidad una profesora. Era joven y guapa. Pero sobre todo joven. Bueno, y guapa. Y entró en clase el primer día con un estilo diferente. Para empezar se sentó en la mesa del profesor con las piernas cruzadas. Se presentó y empezó a contarnos una historia sobre su primer día de clase en la facultad. Era una historia divertida, con algunos reveses y contada de una manera muy interesante. Ni que decir tiene que la clase se pasó volando. Ella había usado su presentación para enseñarnos lo que haríamos el resto del trimestre: Escribir historias.

Ahí me ganó.

Por primera vez escuché palabras como “presentación-nudo-desenlace”, trama, relato clásico… comedia, drama. Yo había leído siempre mucho, pero jamás se me había ocurrido pensar que las historias se tienen que contar de una manera concreta, que hay una estructura, y que se viene haciendo de la misma manera desde siempre. Entre otras cosas porque no hay otra forma de hacerlo, sobre todo si se pretende que la gente se entere o no se aburra. Y, lo mejor de todo: los deberes eran escribir relatos. No hace falta que diga que esos deberes los hacía sin rechistar.

El primer relato que hicimos hubo que leerlo en voz alta delante de toda la clase. A mi grupo nos había tocado hacer un drama. Y en cierta forma era un drama. Visto desde lejos. Trataba sobre venganza de un poli al que matan a su compañero. Lo sé, no era muy sofisticado y, bueno, se han hecho mil y una películas sobre lo mismo. Algunas hasta aceptables y todo. Sobre todo las que no están hechas en Hong Kong. Ese relato tuvo dos cosas buenas.

1) Me pusieron un ocho. El primer ocho en lengua de la historia de la familia. Conseguí sacar más puntos con ese relato que la suma de todas las notas desde el colegio.

2) El rotundo aplauso de mis compañeros, y alguna que otra carcajada de la profesora (en los momentos en los que tenía que hacerlo). Algo que, sin duda, engancha…

El relato lo perdí. Al menos no lo encuentro. Pero ya se sabe… las madres lo guardan todo, así que posiblemente esté en el montón de papeles del trastero. Curiosamente el nombre de la profesora no lo recuerdo, aunque creo que no sería difícil averiguarlo. Si alguna vez consigo publicar alguna cosa… mejor… cuando consiga publicar alguna cosa, buscaré su nombre para dedicárselo… a fin de cuentas ella tendría parte de la culpa ¿no?

Sed buenos.

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Sobre la Sábana Santa

Miércoles, 15 de Abril de 2009
Parece el negativo de una película

Parece el negativo de una película

Hola amigos

La semana pasada fue la y millones de españoles decidieron cambiar de sitio donde dormir. Algunos nos quedamos y vimos Espartaco por decimonovena vez en la tele, o escuchamos en la radio a cofrades mayores pidiendo a tal o cual virgen que evitara la inevitable lluvia. Vamos… lo de todos los años.

En otra portada expliqué hace un montón de tiempo cómo se calculaba exactamente la fecha de la , así que no hablaré de ello ahora. En realidad pocas veces nos paramos a pensar lo que se celebra en la . Yo, al menos, no lo suelo pensar. Básicamente se trata de la muerte en la cruz y resurrección de Cristo. La parte interesante es cuando, ya muerto, le bajan de la cruz y le envuelven en un lienzo blanco, supongo que para transportarlo a su tumba. Quedémonos con ese lienzo blanco… porque todavía hoy es conocido como “La sábana Santa”. La Sábana Santa siempre ha tenido para mí un vínculo muy especial.

Gracias a ella suspendí matemáticas de octavo.

Para explicar esto no hay que recurrir a milagros precisamente. Sólo hay que hacerse una idea de cómo era yo de pequeño y lo que no sabía hacer. Sabía matemáticas, pero no sabía callarme. Llegué a un colegio nuevo, con nuevas normas y profesores a la vieja usanza. Entre los profesores destacaba mi tutor, al que llamábamos “el bola”, por una curiosa habilidad que tenía a la hora de manipular sustancias que salían de su nariz. Este buen hombre me daba matemáticas y ciencias naturales, mis dos asignaturas preferidas y en las que solía destacar.

El método pedagógico que seguía este hombre consistía en mandarnos ejercicios seguidos de más ejercicios, mientras él leía el ABC y se rascaba, literalmente, las pelotas. Y cuando tenía que explicar algo, simplemente leía del libro. Así que no es de extrañar que me aburriera mucho en clase. Hasta que llegó un día. El día.

Estábamos en clase de ciencias naturales y la lección iba sobre geología, estratos terrestres y cosas así. El libro decía que para saber la antigüedad de las piedras se usaba una técnica de datación denominada “Carbono 14”.Y, por primera vez en todo el curso, el Bola cambió el método pedagógico: introdujo una acotación. Dijo:

“No hagáis mucho caso a esto. La usaron con la Sábana Santa y no funcionó”

Y ante tamaña desfachatez no pude contenerme. No recuerdo las palabras exactas pero le vine a decir que, en la revista “tal” (seguramente Nature o Muy Interesante, que era las que leía por aquel entonces) había leído un artículo sobre el uso del carbono 14 sobre la Sábana Santa de Turín y que el resultado había sido concluyente: demostraba que la sábana era del sigo XI o XII. En fin… cosas de críos.

Si el profesor hubiera sido un tipo maduro, me habría rebatido, usando una inteligencia ya formada y palabras difíciles. Pero en lugar de eso sólo dijo que me callara. Y, además, por alguna razón, decidió suspenderme sus asignaturas a partir de ese momento.

De haber estado en un colegio de ahora, mis padres habrían ido a protestar. Pero mis padres eran padres de los de antes y, contra todo pronóstico, la frase “Es que el profesor me tiene manía” no daba el resultado esperado. Al contrario: yo era sistemáticamente castigado cada vez que llegaba con un suspenso a casa. Y lo que más me fastidiaba era que los suspensos se daban en mis dos asignaturas preferidas.

Al final me cargó sólo matemáticas para septiembre (debió de parecerle un castigo demasiado grande suspenderme las dos). Y, como no podía ser de otra manera, mis padres me apuntaron a clases de recuperación. De hecho, si no aprobaba esa asignatura no entraría en el instituto, por lo que era vital que la recuperase. Claro que ¿Cómo explicarles a mis padres que yo matemáticas sí que sabía y que todo era culpa del profesor?

En realidad no me hizo falta explicar nada. Lo hizo el profesor de recuperación por mí. A los dos días poniéndome ejercicios, ejercicios que resolvía sin problemas, llamó a mis padres. No se explicaba cómo había suspendido, si sabía todas las matemáticas que un niño de 12 años debería saber (y no es por fardar, pero incluso algunas más). Creo que fue entonces cuando empezaron a creerme.

El examen de septiembre lo aprobé sin problemas. Me pusieron un 5. Pero con tal de no volver a ver a ese hombrecillo patético me conformé.

La Sábana Santa de Turín es una falsificación. Lo digo en voz alta, porque ya no me puede costar repetir curso.

Sed buenos.

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