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Nepal (10) - Un paseo por las nubes
Viernes, 10 de Julio de 2009Desde Muktinath hasta Jomson había una buena tirada. Algo así como 20 kilómetros, la distancia más larga que hicimos durante todo el recorrido. Después de haber hecho cima el día anterior, ahora casi todo el camino era cuesta abajo, pero aún así la sensación era de estar haciendo una especie de extra, los minutos de la basura. El único aliciente era el cambio de paisaje: ya no estábamos en una selva sino que había arena y tierra hasta donde la vista se perdía. Pero las ganas de terminar de una vez por todas de andar eran grandes. Si a eso le añadimos que íbamos por una carretera (o lo que ellos entienden por una carretera, porque asfalto, lo que se dice asfalto, no había), el camino se hizo incómodo. Cuando nos cruzamos con el primer vehículo atestado de gente hasta el techo, nos dimos cuenta de que llevábamos casi dos semanas sin ver un coche, y el mismo tiempo sin oír un claxon. Los momentos de paz habían terminado.
Pronto llegamos al cauce seco de un río. En realidad es el cauce cuando el río baja lleno durante la época monzónica, pero estando otra vez en la estación seca, el río transitaba por su cauce habitual más pequeño (aunque a escala occidental, el río era grande de cojones, incluso en época seca y todo). Estábamos cerca de Jomson, la ciudad del viento. Algo así como Detroit, pero en Nepal y mucho más pequeño. Y sin tantas fábricas de coches. Chewan nos dijo que sobre las diez y media de la mañana empezaba a soplar un viento muy fuerte en la zona. Y el viento, como todos los acontecimientos meteorológicos en Nepal, fue puntual a su cita. Junto con la puntualidad británica de las nubes a la hora de tapar el Machhapuchhare (siempre a las 9 de la mañana), estas cosas nos dejaban un poco boquiabiertos.
Se notaba que estábamos muy cerca de la civilización, porque había una gran cantidad de serpas cargados con bultos enormes, pero también mujeres con sus niños y ancianas de bastón. Quizá fuera por el clima menos benigno que el de la parte selvática, pero las mujeres iban vestidas con una versión de Sari de aspecto más grueso que el que habíamos visto hasta entonces.
Los últimos kilómetros de la vuelta a los Annapurnas fueron incomodísimos. Mejor dicho, los últimos kilómetros que hicimos nosotros de la vuelta de los Annapurnas, porque para que fuera una vuelta completa, había que terminar en el mismo punto en el que empezamos, y para eso había que invertir otros cuatro o cinco días más de marcha. Y aunque había promesa de vistas espectaculares de los Annapurnas… bueno… tampoco había que pasarse. Dos semanas andando y llegar tan alto como habíamos llegados era ya suficiente. Lo que iba diciendo: Esos últimos kilómetros fueron incomodísimos. El viento nos daba en la cara y masticamos tierra. Apenas podíamos hablar, porque el ruido del viento era ensordecedor y mantener la boca abierta para decir una “a” suponía tragar entre kilo y kilo y medio de arena. Bueno, a lo mejor no tanta. Pero después de haber caminado con barro, nieve y hasta piedras, el cambio a la arena y el polvo fue muy desagradable.
En Jomson está el aeropuerto de la zona. En realidad el pueblo se llama Jomoson, pero se ha “occidentalizado” su nombre para facilidad del turista. Desde allí volaríamos a Pokara en un vuelo interno en avioneta, y empezaríamos la segunda parte de las vacaciones. O sea, las vacaciones en sí (el turismo y la buena vida). La peculiaridad de la región es que el viento sopla todo el día, excepto la franja entre el amanecer y las 10 u 11 de la mañana. Por eso, durante esas pocas horas, los aviones realizaban todos los vuelos posibles transportando gente o enseres en pequeños aviones poco más que autobuses con alas. Y por eso teníamos que estar a las 7 de la mañana en el aeropuerto: teníamos que estar en uno de esos aviones.
A pesar de ser un aeropuerto pequeño, contaba con las más modernas medidas de seguridad, que incluían: un policía con cara de aburrimiento y un señor con bigote. Allí nos cachearon y obligaron a abrir las mochilas… aunque cuando encontraron una navaja simplemente la devolvieron a su dueño. Supongo que pensarían que nadie en su sano juicio intentaría secuestrar una de esas avionetas. Reconozco que, tras hacer cumbre, la experiencia de la avioneta era la que más me llamaba la atención. Claro que, en mi imaginación, la avioneta era más pequeña, inestable y bamboleante de lo que al final resultó ser. Nuevamente tuvimos mucha suerte y el tiempo fue inmejorable para volar. El Annapurna I se encontraba despejado junto a la pista de despegue y pudimos fotografiarlo y grabarlo a placer, mientras esperábamos nuestro avión, y durante el vuelo. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que pudiera repetirse el accidente que unos días antes ocurrió en la zona del Everest
El Annapurna I dio paso, poco a poco, al Machhapuchhare, la montaña pirámide. Esta montaña, que no es un ochomil por apenas un Pau Gasol, es el pico más reconocible de los Himalayas. Al menos lo es para mí. Y verlo sólo podía significar que habíamos llegado a Pokara, con su lago Phewa Tal, de aguas tranquilas invitando al baño (baño que me recomendó mi amigo Blas encarecidamente). Nuestro guía se despidió de nosotros en cuanto nos dejó en el Hotel, en el barrio turístico del Lakeside, plagado de tiendas, hoteles y restaurantes (derpués de cobrar su correspondiente propina). Y cambiamos a un guía que casi no hablaba, por un director de hotel que no se callaba ni bajo el agua, y que tenía un extraño y asombroso parecido con cierto ex presidente del gobierno de gracioso bigotillo. Incluso nos sentimos como George Bush, por la cantidad de reverencias que nos hacía.
Y ahí empezaron las vacaciones de las vacaciones. O las vacaciones dentro de las vacaciones. Aunque si alguien piensa por un momento que no volvimos a andar, se equivoca: uno no puede ser montañero y pasarse mucho tiempo tirado a la bartola. Lo intentamos, eso sí, pero no lo logramos.
Como resumen a la parte caminada del viaje, sólo decir que pocas cosas podían haber salido mejor. Bueno, yo podría no haber tenido mal de altura, pero incluso eso creo que fue en su justa medida. Físicamente todos respondimos al reto, ni siquiera tuvimos una pequeña lesión. Y en el plano personal, entre nosotros no hubo roces ni un pequeño problema… que es lo mínimo que se le puede pedir a un viaje.
La vuelta a los Annapurnas es un treking muy recomendable. No hay que ser un portento físico (cuanto mejor se esté, más divertido es, por supuesto) y los paisajes son impresionantes. La variedad de ecosistemas es brutal, desde la selva hasta el glaciar, pasando por todo lo que hay en medio, y se descubre un Nepal rural un tanto diferente al urbano… lo que es un alivio.
Pero eso lo contaré en la siguiente entrada, que he titulado adrede: ¿Viajero o turista? En honor de mi buen amigo Blas, el viajero más insatisfecho que conozco.
Como de costumbre, para ver las fotos a un tamaño razonable, sólo hay que hacer clic en ellas. Hacedlo, porque valen mucho la pena. Sé que siempre digo lo mismo, pero es que es verdad.
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