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Nepal (9) - Haciendo cumbre
Viernes, 26 de Junio de 2009En Nepal usan un sistema para medir el tiempo diferente al del resto del mundo. Está basado en horas de 100 minutos y días de 10 horas… y no sabía a qué hora nepalí correspondían las tres y media de la mañana. ¿Cómo se puede dormir tranquilo sin saber “realmente” la hora que es? Tenía que calcular la hora nepalí… al precio que fuese. Y daba igual que nuestro guía, Chewan, hubiera quedado en llamarnos a esa hora… yo tenía que saber qué hora era.
Obviamente en Nepal se mide el tiempo igual que en el resto del mundo… pero a mí me dio por soñar eso. No eran los millones de croquetas con los que había soñado una vez, ni los 50.000 pistachos de entonces. Eran minutos y segundos nada más. Además, la sensación que tenía, era la de saber que lo que estaba pensando era una tontería, pero, a la vez, no poder parar de hacerlo. Y, claro, no pasé buena noche precisamente. Muy movidita, según Escarabajo, mi compañero de celda (porque la apariencia de la habitación era la de una celda de un monasterio especialmente pobre).
Chewan llamó a la puerta con dos breves toques a la hora convenida y salí del saco a toda velocidad. O toda la velocidad que fui capaz de imprimir a mi maltrecho cuerpo dadas las circunstancias. Ya estaba vestido, porque me había acostado con toda la ropa puesta, y la mochila preparada del día anterior. Sólo había que continuar el ritual diario de meter el saco en la bolsa compresora. Mientras lo hacía me sentí un poco extraño… había algo en mí que no cuadraba pero no sabía lo que era. Lo único que sabía era que algo no iba bien. Escarabajo salió el primero al frío exterior y me avisó desde allí:
- ¡Macho… nunca había visto tantas estrellas!
Y salí a mirar yo también. Miré para arriba y vi las estrellas. Todas. Jamás en mi vida me había dolido la cabeza de esa manera. Un dolor que iba desde la base del cuello hasta detrás de los ojos. Ni en la peor de las resacas. Ni juntando todas las resacas en una, multiplicando por diez y elevando el resultado al cuadrado. Las otras estrellas, las del cielo, también las vi. Y pese al tremendo dolor de cabeza y a que mirar para arriba era mareante, os puedo asegurar que jamás había visto un cielo tan bonito.
Generalmente estoy en contra del doping, pero tengo que reconocer que antes del desayuno ya me había tomado un gelocatil y una aspirina con un poco de hot lemon, a ver si se me quitaba el dolor de cabeza. Todo mi desayuno consistió en un bocado al emparedado de queso (que me provocó una arcada impresionante) y en otro poco más de hot lemon para retener lo poco que había dentro de mí en su sitio. No me entraba nada más. Y eso que la experiencia me decía que no se puede andar mucho con el estómago vacío. Y menos a esa altura. Así que Mariu, como hermana mayor (Didi, en lengua nepalí, que significa: hermana mayor soltera que queda al cuidado de sus hermanos), envolvió el emparedado en unas servilletas y me lo guardó en la mochila, para que fuera comiendo mientras ascendía. El emparedado terminó en una papelera casi 2.000 metros más abajo, exáctamente igual a como fue envuelto. Añadió, además, un par de barritas energéticas, que estas, eso sí, no llegaron a la cima. Esta Mariu…
La idea era empezar a andar a las cuatro y media de la mañana y recorrer los 500 metros de desnivel que nos quedaban antes de que saliera mucho el sol. La razón: el viento. El Thorung La es el puerto de montaña más alto del mundo, y casi siempre está azotado por un fuerte viento. Es por lo que en cuanto el sol se levanta un poco, empieza un vendaval muy incómodo que queríamos evitar. En un país donde todo es a lo grande, el viento tampoco se quedaba corto.
Así que con el frontal en la frente (por otra parte, el mejor lugar para ponerlo), la mochila al hombro, y toda la presión del mundo sobre mi cerebro, iniciamos la marcha a buen ritmo, todos en fila india y siguiendo al guía y los serpas, que en esta ocasión iban con nosotros. A nuestro alrededor no se veía nada, pero confiábamos en la pericia del guía. Creo que el caminar a oscuras nos vino bien, porque con las placas de hielo que había en el camino, mejor no saber a dónde caeríamos en caso de resbalón. Casi no hablábamos y sólo se escuchaba el crujir de la nieve o del hielo bajo nuestros pies y nuestra respiración entrecortada. En realidad, MI respiración entrecortada. Me estaba costando horrores seguir el ritmo de los serpas, entre el dolor de cabeza y un mareo la mar de interesante que empezaba a subir muchos puestos en mi lista de penalidades personales.
Por supuesto me tuve que detener para recuperar el resuello, y no pude evitar maldecir por no haberme traído un tercer pulmón en la mochila. Eso sí que habría servido de algo, y no tanto calzoncillo limpio y camiseta de recambio. Intenté recuperarme rápido porque mi parada obligó a detenerse a todo el mundo, ya que el guía no permitió que nos separáramos. A partir de ese momento, la marcha fue mucho más irregular, con detenciones cada poco tiempo. Mis pulmones no daban mucho más de si, y no lograba averiguar quien era el que me estaba pisando el pecho y me impedía respirar. Eché de menos esos tiempos en los que desperdiciaba el oxígeno.
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Por fin llegamos a una especie de meseta y dejamos atrás los acantilados y nuestro guía se relajó un poco. Dejó irse a Mariu y a Escarabajo con los serpas, mientras que él se quedó con Ángel y conmigo, llevando un ritmo más lento. Mientras yo buscaba mis pulmones por el suelo, Ángel se dedicó a hacer algunas fotos, ya que el cielo estaba lo suficientemente claro como para ver recortadas las montañas en el cielo.
Y el sol salió. Y la luz rebotó en los cristales de hielo y la nieve brilló con millones de destellos a nuestro alrededor. Una visión maravillosa. Tan maravillosa que parecía irreal, como de cuento. Como si el gobierno se hubieran gastado una pasta en efectos especiales para impresionar al incauto occidental. Una cosa tan espectacular sólo podía ser otro síntoma del mal de altura, una alucinación de un cerebro dolorido y ligeramente sobrecargado de analgésico. Y en eso andaba yo pensando alelado cuando la chica que tenía al lado, una de las israelíes, soltó un “wow, its great” mientras miraba a su alrededor, como yo… el efecto óptico era real (o, al menos, una alucinación colectiva) y quizá sea lo más espectacular que he visto en la montaña. También es posible que esta afirmación tenga una carga emocional importante. No seré yo quien lo niegue.
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A juzgar por lo que dijo Chewan, Ángel y yo vimos el amanecer en el punto exacto en el que es más espectacular. Supongo que mi halo se las apañó para que no estuviera en mejores condiciones y para que mi paso lento nos retrasara lo justo. O puede que Chewan nos dijera una mentira piadosa. Total: no teníamos como desmontarle el argumento y, en el fondo, escuchamos lo que queríamos oír. Pero por muy espectacular que fuera el amanecer, no sé si valió la pena, porque lo que quedaba hasta el paso de Thorung La fue interminable para mí. Para dar un paso necesitaba de toda mi voluntad y no podía dar más de 20 pasos seguidos sin tener que parar para recuperar el resuello. El corazón botaba en mi pecho alocado y los pulmones los sentía cada vez más pequeños. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y a pesar de no tener nada en el estómago, sentía unas nauseas terribles. Dejé de ver a mi alrededor y me concentré en el bastón y en la huella en la nieve; en dar el siguiente paso. Digamos que se convirtió en un “tú o yo” contra la montaña del que no pensaba salir perdedor. Uno no se da la vuelta a 100 metros de la meta. No yo. Lo cierto es que puedo ser muy cabezota en ocasiones.
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Después de dos o tres falsas alarmas (montículos de nieve que mi cerebro quería identificar como la “cima”) , la llegada al paso de montaña más alto del mundo fue muy emocionante. Se veía el montón de rocas con la placa conmemorativa y los miles de banderas de plegarias atados a cualquier parte. Desde lejos, con la nieve y las banderolas de colores, parecía un montón de basura. Lo que no quita que sintiera una alegría inmensa al verlo. Allí estaban mis amigos, esperando que llegáramos, otros grupos haciéndose fotos, y nuestros serpas fumándose un pitillo (seguramente no sería el primero).
De la llegada sólo recuerdo tres cosas: El enorme nudo que tenía en la garganta por la emoción de llegar, y que, de no ser por que soy un tipo duro, me habría hecho llorar como un niño. También recuerdo la idea de que tenía que tocar el montón de piedras antes de hacer cualquier otra cosa, y que dije “Casa”, cuando toqué la placa metálica. Y el enorme abrazo que me dio Mariu cuando por fin alcancé la meta. Tardé un rato en poder articular palabra… y eso que me había preparado un pequeño discurso, pero cuando se tiene tal cantidad de emociones y no sobra el aire, las palabras faltan. Entre que las recuperaba, junto con el resuello (que seguía faltando), nos hicimos las fotos de rigor… más que nada para demostrar que habíamos llegado hasta allí arriba.
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Pero si la subida me pareció dura, la bajada fue terrible. En parte por el cansancio acumulado, la falta de aire, el dolor de cabeza, el mareo y las nauseas… pero también porque fueron 1.800 metros de desnivel negativo. Una pasada de desnivel negativo. Guardo una uña negra en mi dedo gordo como recuerdo de aquella bajada… y no es que la guarde en una cajita… la llevo puesta. Al igual que con la subida, me concentré en la bajada, en donde ponía el pie, en evitar los resbalones y en mantener un poco el ritmo. Al llegar a Muktinath, el final de la ruta para ese día, mis rodillas estaban al límite de su resistencia. Por suerte unos españoles me habían dado un ibuprofeno que terminó de quitarme el dolor de cabeza y me alivió el mareo.
El camino hacia el pueblo pasaba por un templo donde se estaba celebrando una ceremonia hindú, la fiesta del agua y el fuego, de la que hablaré en un post que dedicaré a la religión y los templos. De no haber estado de paso sé que habría pasado de ver el templo luego por la tarde. Estaba realmente agotado y dediqué el resto del día a descansar. Apenas comí y me abstuve de beber cerveza… por si volvía el dolor de cabeza.
Eso sí: después de cuatro días… volví a ducharme. Fue con agua fresquita… pero me supo a gloria.
Como de costumbre, pinchando en las fotos se pueden ver a mayor tamaño (y todas valen mucho la pena, desde mi punto de vista).
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Nepal (3) - El trekking
Viernes, 8 de Mayo de 2009Después de contaros el primer impacto cultual en Katmandú, y el viaje por carretera más típico y pintoresco que he hecho en mi vida, hoy continuo con las aventuras en Nepal.
Cuando nos planteamos hacer el viaje a Nepal teníamos muy claro que una parte importante del mismo estaría dedicado a caminar por la montaña. Uno no se va al país que tiene ocho de las diez montañas más altas del mundo para navegar en barco (porque no tiene mar), o para tomar el sol… o comprar cantidades ingentes de cuencos tibetanos (aunque eso también lo hicimos). A Nepal se va a andar… y si no… dedícate a otra cosa.
No somos nuevos en eso de andar por la montaña. Quizá no hayamos coronado cumbres muy altas en la península… comparadas con las de allí, desde luego que no, pero la rutina de andar la llevamos bien aprendida. Y la rutina de andar comienza siempre muy temprano en la mañana. La hora habitual de levantarse… las seis y media… pero una hora antes ya hay luz. Y lo siguiente es comer un desayuno fuerte… que aporte energías para el resto del día. Y, hala, a andar…
Yo dividiría el trekking en dos mitades: hasta el día de aclimatación, y después del día de aclimatación. La primera parte, de lo que va éste capítulo, no difiere mucho de otras rutas hechas en España (salvo por la presencia imponente de varios picos de más de 6.000 metro de altura siempre en la cabecera del valle). Escasos desniveles aunque casi siempre hacia arriba, un camino bien definido junto al torrente impetuoso del río Marsyangdi Nadi, muchas poblaciones entre medias donde comprar agua o comida… incluso la vegetación es parecida. De vez en cuando una caída de agua de más de 100 metros de altura nos recuerda que estamos en Nepal y no en Burgos. Pero por lo demás, no es muy diferente a andar por los Pirineos o por Picos de Europa.
El camino no es una pista especial para senderistas. En realidad se trata del camino que los habitantes de la zona usan para comunicar sus aldeas. Y no es un camino apto para vehículos, a pesar de estar en buenas condiciones (para andar), así que toda la mercancía, toda la comida y bebida o las bombonas de gas, hay que llevarla a lomos de algún caballo o de algún serpa. Así que no es raro que cada cierto rato nos crucemos con unos u otros en su incesante transporte de mercancías. Esto hace que el camino sea muy vivo, y que no sólo haya occidentales equipados con lo último para la montaña, sino que hay una gran cantidad de pastores, serpas o arrugadas viejecitas con sandalias de esparto cruzándose continuamente con nosotros. Para todos ellos está reservada la palabra “Namasté” que es como el “Hola, buenos días” pero en su lengua. Según parece ser, significa “Que el dios que llevas dentro te sea propicio”.
Nuestro guía dividió la ruta en cinco jornadas entre Bhulbhulé y Manang, que es el lugar donde se suele hacer la aclimatación normalmente. Así que teníamos cinco días para recorrer los 70 kilómetros entre las dos poblaciones y pasar de 840 metros sobre el nivel del mar a los 3.540, una altura superior al Mulhacén, y sólo un poco por debajo del Teide. En Manang haríamos una parada y luego seguíamos más arriba… otros 2.000 metros más… aunque no quiero adelantar acontecimientos.
A ver… no voy a tratar de describir todo el itinerario que seguimos, entre otras cosas porque no pretende ser una guía de la ruta ni nada por el estilo (y porque creo que sería un peñazo inleible). Podría deciros que de Bhulbhule llegamos a Ghuermu (un pueblecito acogedor con una caída de agua de más de 200 metros de altura), que luego hicimos noche en Tal (y no es una forma de hablar, es que el pueblo se llama así). La siguiente noche la pasamos en Koto (la pequeña aldea anterior a Chame… que sí tenía conexión a Internet. cuando había luz.) La siguiente noche la pasamos en Pisang (Lower Pisang, y no Upper Pisang… algo así como villarriba y villabajo, pero sin paellera gigante y sin Fairy) y, por último, llegamos a Manang, donde hicimos la aclimatación. Pero es que deciros eso es como no decir nada, entre otras cosas porque esas poblaciones no aparecen en el mapa (en Google Maps, por lo menos no).
El haber empezado a principios de octubre nos quitó de la gran oleada de turistas de las siguientes semanas. Digamos que nos la jugamos con el Monzón, a cambio de evitar la masificación de sólo unos días después. Aún así había mucha gente y de muchas partes del mundo. Españoles éramos unos 11, había un nutridisimo grupo de Israelíes que nos doblaban en número (y triplicaban en jaleo) y franceses y alemanes, aunque en menor número. Con algunos de ellos hicimos más migas… con otros menos y, en fin, siempre esperábamos que no nos tocaran en el mismo lodge los Isrraelíes… no por nada, pero es que eran ruidosos y dejaban los baños… en fin, con eso de que el agua es un bien preciado en Isrrael no debían de saber lo que era tirar de la cadena (o usar el cepillito). Con todo a mí me hizo tilín una de las isrraelíes… rubia y guapa… pero cuando la primera noche empezaron la cena cantando una canción religiosa cogidos de las manos y uno de sus compañeros (que hablaba español) nos dijo que estaban celebrando el año nuevo judío… pensé que, para intentar intimar con una chica religiosa, tenía otras opciones en España que me obligaran a hablar menos en inglés…
Por unas cosas u otras solíamos ser los últimos en abandonar los lodges. Digamos que nos lo tomábamos con calma. Y luego, durante la ruta, nuestro buen ritmo nos permitía pasar a los demás grupos con cierta facilidad. Especialmente cuando el camino picaba hacia arriba. La experiencia en este caso es un grado y parecíamos ser de los más experimentados del lugar (con notorias excepciones, claro).
Tengo que reconocer que yo tenía mis dudas. ¿Habría sido la preparación suficiente, o me había quedado corto? Después del test de Ordesa del verano había intensificado el entrenamiento y, bueno, me sentía bien… pero estamos hablando de los Himalayas… coño, eso son palabras mayores ¿No?. Por mi experiencia en rutas de varios días de marcha sé que el primer día uno siempre está muy fuerte. Serán las ganas o será que no hay ni gota de cansancio… pero el primer día puedes andar durante horas. Luego lo pagas el segundo día, claro… y el tercero, si no recuperas bien. De hecho, el tercer día es la clave de todo. Si llegas al tercer día sin ampollas y sin dolores musculares graves, casi seguro que no tendrás problemas (torceduras excluidas, claro). El tercer día ya llevas kilómetros y cansancio acumulado en el cuerpo, suficientes como para ver la reacción de los músculos. Sentía, además, la responsabilidad añadida de haber arrastrado a Mariu al viaje, casi obligándola. Y temía que ella sufriera durante las dos semanas de marcha, ya que por motivos de trabajo apenas había podido prepararse un poco. Esa era la incógnita que había que resolver. Bueno… y la de andar en altitud…
Solíamos andar tres horas, más o menos, antes de parar a comer en algún lodge a lo largo de la ruta. Ya hablaré de las comidas nepalesas y sus características en más profundidad, pero os adelanto que esas paradas eran lo suficientemente largas como para recuperar completamente. Después otro par de horas más hasta el lugar donde pasar la noche. Y ya está. Esto nos dejaba la mayor parte del día libre para descansar las piernas… normalmente andando más (que si ese templo de allí tiene buena pinta… que si a ver dónde lleva ese camino, etc). Sinceramente, nosotros estamos acostumbrados a algo más de esfuerzo.
Claro que ese ritmo estaba pensado para no quemarnos antes de llegar a las estapas en altitud… las que de verdad exigían más esfuerzo… pero eso lo contaré en otro capítulo.
Próxima entrega: Nepal (4) - Los Annapurnas.
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Sobre el año nuevo
Martes, 24 de Junio de 2008Hola amigos
El sábado fue una noche especial, de esas que se tarda un tiempo en olvidar. Si las enfermedades del cerebro lo permiten, en realidad no se pueden olvidar en la vida. Y desde que existen cámaras digitales, el recuerdo perdura durante más tiempo (en teoría los CD’s tienen una vida aproximada de 100 años… pero creedme, es mentira. Sé de lo que hablo).
Los antiguos hombres primitivos, los que andaban con taparrabos y utilizaban la sofisticada técnica de ligue de regalarle un mamut a su amada, tenían pocas diversiones en las cuevas. El chat tardaría algunos siglos en ser inventado y en realidad a nadie parecía importarle que Bea fuera guapa o fea, sobre todo porque la depilación sólo era una bonita idea con sorprendentes posibilidades en la mente de alguien. Todavía no se había inventado la religión así que andaban un poco escasos de puentes y de fiestas, por lo de la ausencia de santos, así que las pocas oportunidades que tenían de celebrar algo casi siempre pasaban por los acontecimientos más básicos: los ciclos del Sol.
El caso, y no me enrollo más, es que el sábado era un día de esos que se celebran desde hace miles de años: El solsticio de verano. Para los que no estén habituados a lo términos astronómicos, el solsticio de verano significa que el Sol ha alcanzado su posición más alta en el cielo (por los caprichos de las órbitas). En términos prácticos significa que es el día con más horas de luz del año, y a partir de ese momento los días vuelven a hacerse más cortos poco a poco, hasta llegar justo al solsticio de invierno, también conocido como Navidad.
Hay gente que celebra este día haciendo grandes hogueras. Otros atraviesan ascuas al rojo con los pies descalzos y señoras de pantalones arremangados a cuestas. Otros decidimos ir a una montaña muy alta y despedir al Sol del día más largo diciendo adiós con la manita, para saludar como se merece al nuevo Sol de la mañana. Como dice el dicho: Hay gente para todo.
La noche fue corta y larga a la vez. Fue muy larga porque pasé un poco bastante frío. Es lo que tiene dormir a la intemperie con un saco liviano como única protección cuando la noche pedía uno gordo. Algo que jode mucho teniendo en cuenta que el saco gordo se quedó en casa. Lo resolví acostándome con toda la ropa de abrigo puesta (incluso con guantes y gorro de lana). Pero lo molesto fue el viento que se levantó a medianoche. Así que podemos decir que dormí a ratos.

Pero en realidad fue corta porque objetivamente duró muy poco, empezó casi a las once de la noche y terminó a las cinco y veinte de la mañana. Creedme, lo sé… porque yo estaba allí para verlo. ¿Y qué es lo que vi? Vi un sol rojo sangre hundirse poco a poco en el horizonte, entre nubes naranjas y montañas oscuras. Y también vi los primeros rayos del sol despuntando al alba y cómo el cielo negro se fue clareando con tonos anaranjados lentamente, y borrando de la bóveda celeste las pocas estrellas brillantes que la luna llena de Junio no anulaba con su blanco resplandor.

Fue un espectáculo memorable para tan señalada fecha. Una forma magnífica de recibir el año nuevo.
¿Y sabéis qué? Creo que para todos los que celebramos el año nuevo, ya sea en lo alto de la montaña, o en una casa con velas y rodeado de amigos, éste año nuevo que empieza será genial. Estará lleno de cosas buenas, de proyectos nuevos y excitantes y de gente alucinante con la que compartir grandes momentos. Este año que empieza será nuestro año.
A todos, Feliz año Nuevo. O como diría alguien… Feliz Jujaño Nuevo.
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Sobre Nepal
Martes, 19 de Febrero de 2008
El Machhapuchhare
Hola amigos.
Los más observadores se habrán dado cuenta de que ha aparecido un elemento nuevo en la portada, justo debajo de la información meteorológica. Efectivamente es un reloj de cuenta atrás y marca los días, horas, minutos y segundos que faltan para que ocurra un evento. Quizá no sea un evento importante en el devenir del mundo… pero es un evento importante para mí y para unos cuantos escaperos. Ese reloj marca el momento en el que despegará un avión. Pero no uno cualquiera, no…
Un avión que viaja a Nepal.
Nepal es un país pequeño de forma rectangular situado entre China y La India. Es tan pequeño que en España cabrían 3 Nepales y medio. Eso en cuanto a superficie, porque en altitud nos dan sopas con hondas. 8 de las 10 montañas más altas del mundo están en su territorio. Y como subir montañas es nuestro pasatiempo preferido… creo que hemos elegido el lugar ideal para pasar las vacaciones.
La capital se llama Katmandú y está situada en el valle del mismo nombre, en la región central. Debido a que casi no hay habitantes a más de 2.500 metros de altitud, y la mayoría del país está por encima de esa cota, las tierras bajas están un poco masificadas. Katmandú está a unos 1.300 metros sobre el nivel del mar y, por tanto, está masificada. Masificada y contaminada, hasta el punto de que recomiendan usar mascarillas, sobre todo si se padece algún tipo de acepción respiratoria.
Salir de Katmandú es muy fácil. Sólo hay dos carreteras. Una dirección norte, que llega hasta el Tibet, y otra dirección oeste, que enlaza con otra ciudad importante en nuestro viaje: Pokhara. La segunda ciudad en importancia del Nepal y centro de concentración del movimiento Hippy de finales de los sesenta. Digamos que a la orilla de su lago Phewa Tal, con la imponente silueta del Machhapuchhare reflejada en sus tranquilas aguas, se ha fumado más hierva que en todos los conciertos de Joaquín Sabina juntos.
De allí saldremos para hacer alguna travesía por los Annapurnas… quizá hasta el campamento base, todavía no lo sabemos.
En Nepal profesan diferentes religiones. Fue la cuna del Budismo. Buda nació allí y, si se me permite ser un poco irreverente, no entiendo como es que estaba tan gordo, habiendo nacido en un país en el que inventaros la cuesta arriba. Aunque el budismo nació allí, la influencia del primo mayor del sur, La India, hace que la mayoría de la población sea hinduistas. Y eso influye en que haya miles de templos a todas y cada una de las representaciones del dios Shiva (que tiene unas 105 reconocidas y otras tantas sin reconocer). Ver templos será otro de nuestros pasatiempos esos días.
En fin, que a medida que me estudie la guía que me he comprado, os iré contando más cosas. De aquí a Octubre queda todavía un montón de tiempo… así que idos acostumbrando porque Nepal, será una palabra habitual en mi vocabulario hasta entonces (Y después también… incluso más)
Sed buenos.
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Sobre llegar donde nadie ha llegado antes
Lunes, 14 de Enero de 2008
Edmun Hillary y Tenzing Norgay
Hola amigos.
Cuando empecé a estudiar geografía en el colegio, mis padres me compraron un globo terráqueo de esos que giraban y que tenía una luz dentro. No era un globo terráqueo demasiado sofisticado. Consistía en un mapa geopolítico, con los países coloreados de vivos colores y los nombres de los océanos. Y ya está. A mí me gustaba porque daba vueltas, pero en realidad no era demasiado consciente de lo que representaba realmente aquel cacho de plástico brillante.
No somos conscientes de lo realmente enorme que es nuestro planeta.
Dicen que tiene 40.000 kilómetros de circunferencia (cosa que ya calcularon los egipcios, aunque todo el mundo los ignoró convenientemente, por las mismas razones que expliqué la semana pasada), y cerca de 12.700 kilómetros de diámetro. Entre el punto más alto (la cima del monte Everest, de 8.864 metros) y el más bajo (la fosa Mindanao, a unos 11.000 metros), hay unos 19 kilómetros de diferencia, un 0’15% del diámetro de la Tierra, lo que quiere decir que si el planeta tuviera realmente el mismo tamaño que el globo terráqueo que me regalaron de pequeño, el monte Everest apenas sobresaldría 2’75 décimas de milímetro de la superficie.
Pues esas 2’75 décimas de milímetro siempre fueron un reto, desde que las descubrió un tal Everest. En realidad no lo descubrió George Everest, los habitantes de la zona ya la conocían y veneraban desde hacía más tiempo del que el abuelo del abuelo del abuelo del más viejo del lugar podría recordar… de hecho, en la lengua local, el Monte Everest se conoce como Chomolungma. No lo sé con certeza pero creo que significa “Montaña alta que te cagas” (en realidad significa “Madre del universo”, aunque casi es lo mismo). Pero ya sabéis como son los ingleses… nada existía hasta que ellos le pusieron nombre… y menos mal que no entraba en el museo Británico, que si no, ahí que estaba el Monte Everest, al lado del Friso del Partenón.
Los montañeros somos gente hechos de una pasta especial (nótese que me incluyo entre ellos, a pesar de que no he subido más arriba de Peñalara en mi vida). Cuando todo indica que lo más inteligente es quedarse en casa, disfrutando de los amorosos brazos de la parienta, junto a una agradable chimenea, con una copita de licor en la mano y, a ser posible, con el estómago caliente y lleno, nosotros nos aventuramos en mitad de la ventisca, contra viento, marea, lluvia, sol o lo que sea. Y si escuchamos las palabras “Mira majete, esa montaña que ves ahí tan alta, pues como que no se puede escalar… anda, anda…. Vete para tu casa que tu mejer te está esperando…” pues ya la tenemos. Porque entonces, pondremos todo nuestro empeño en hacer eso que otros no han hecho antes…
Y eso debió de pensar el neocelandés Edmund Percival Hillary cuando le ofrecieron participar en una expedición para subir a la madre del universo. Y él decidió dejar a su mujer (“son sólo unos días cariño”) y embarcarse en una aventura que ya había matado a 11 montañeros antes (sin contar a los sufridos Serpas, que también morían, pero que eran considerados daños colaterales nada más). Y un soleado día (¿Y por qué no?), un poco más tarde de las 11 de la mañana, del 29 de Mayo de 1953, nuestro amigo Edmund y el serpa Tenzing Norgay, llegaron hasta allá arriba, se hicieron la foto de rigor (y de haber existido Flikr estaría colgada al día siguiente en Internet) y se bajaron. Lo lograron con abrigos de lana, botas de cuero, arreos de hierro y cuerdas de cáñamo. Podríamos decir que lo lograron “artesanalmente”. Por aquella época no existía el Gore-Tex ni las suelas Vibran, ni el forro polar ni nada de nada… eran otros tiempos.
Ahora en serio. Este hombre llegó donde ningún otro había llegado antes. Aunque creo que su principal mérito no fue tanto el subir, sino el haber llegado vivo abajo. Y por eso pasará a la historia, como el primer hombre que bajó vivo del Everest, después de coronar. Además, por aquella zona es todavía recordado, porque ayudó a construir montones de colegios, puentes, carreteras y pistas de aterrizaje en aldeas olvidadas de la mano de Dios, contribuyendo a la mejora de las condiciones de vida del pueblo Nepalí.
Edmund Percival Hillary murió el pasado 11 de enero de un ataque al corazón.
Sirva este artículo como modesto homenaje.
Sed buenos.
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