Artículos en la categoría ‘Viajes’
Nepal (12) - ¿Cual es tu precio?
Viernes, 24 de Julio de 2009Si algo he descubierto en Nepal es que me gusta ir de compras. Porque allí se lo pasan mejor que nosotros comprando. En realidad creo que lo importante no es tanto comprar como el arte del regateo. Y resulta que no se me daba mal del todo. Muy posiblemente lo que me gustaba no era tanto comprar como regatear. Más o menos una compra normal podría ser así:
- ¿Cuánto?
- Mil
- ¿Mil? No… demasiado caro…
- No caro… cuenco bueno… cinco metales.
- No, muy caro… adiós.
- ¿Cuál es tu precio?
- Trescientos
- No, no… no trescientos, poco dinero, yo no poder dar de comer a mis hijos…
- Te doy trescientos.
- No trescientos… tú no saber… adiós.
- Pues adiós.
- Novecientos…
- Mucho dinero. Te doy trescientos cincuenta.
- Buen cuenco. Cinco metales. Tú probar. No trescientos cincuenta. Si tu encontrar en otro sitio yo regalarte tienda. No trescientos. No trescientos cincuenta. Novecientos.
- Muy caro. Dos por novecientos.
- Tú loco. Uno novecientos. ¿Cómo dos novecientos?
- Te doy novecientos por dos. Si no, nada.
- Adiós, adiós.
- Adiós.
- Ochocientos. Cinco metales. Buen cuenco.
- No, no. Muy caro.
- ¿Cuál es tu precio?
- Dos por novecientos.
- Uno ochocientos.
- Que no, muy caro.
- ¿Cuál es tu precio?
- Quinientos.
- No, no. Buen cuenco. Buen sonido. Mira. Buen sonido. Tú probar. ¿Cuál es tu precio?
- Quinientos.
- Tú loco.
- Vale, adiós.
- Setecientos. Último precio.
- Que no. Quinientos. Es mi último precio.
- Setecientos y regalo la baqueta.
- Pero si el cuenco ya va con la baqueta…
- No, no… tú no saber. Setecientos.
- Quinientos.
- ¿Cuál es tu precio?
[...]
Dependiendo de la habilidad de cada uno, entre negociador despiadado a cándido comprador, el proceso se podía alargar bastante. Y así para cada cosa que se comprara.
Lo dicho: muy divertido.
Por cierto, me acordé de esta escena de La vida de Byan.
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Nepal (11) - ¿Viajero o turista?
Viernes, 17 de Julio de 2009Por la mañana temprano alquilamos una barca para cruzar el lago Phewa Tal (200 rupias sólo por la ida), que nos dejó en un pequeño embarcadero a los pies de un camino que se adentraba en la selva, de árboles enormes llenos de lianas y, seguramente, mucho bicho lleno de patas y pelos y una necesidad imperiosa de clavar sus colmillos repletos de veneno en mi pobre persona. Decía la guía que ese camino llevaba hasta la Pagoda de la Paz Mundial, uno de los lugares más turísticos de Pokara. En lugar de alquilar un vehículo que nos llevara hasta la mismísima Pagoda, decidimos hacer el recorrido andando por la selva. La misma selva repleta de lianas y mucho bicho lleno de patas… etcétera. Por suerte no nos picó ningún bicho… aparte de los mosquitos de rigor. Pokara no está en la zona de Malaria, así que podemos decir que no pasó nada.
Viajero 1 – turista 0.
Reconozco que yo ya estaba un poco harto de andar y esas casi dos horas de caminata cuesta arriba me sobraron un poco. Hay una cantidad máxima de horas de caminata en una vacaciones, y yo ya había superado mi límite con creces. Así que refunfuñé y maldije como un viejo cascarrabias al que despiertan de la siesta unos niños jugando a la pelota bajo su ventana. Llegamos a la famosa Pagoda y, la verdad, me quedé un poco como estaba (aunque mucho más sudado y cansado). O sea, no me malinterpretéis. La Pagoda es bonita, toda blanca y tal. Pero es una Pagoda como el otro medio millar de pagodas que habíamos visto ya. Más grande, eso sí, y con más adornos dorados… pero igual. Vamos, que es como ir a ver iglesias románicas a Asturias. Para el que no entiende… son todas iguales. Ni siquiera las vistas desde lo alto (con lo que había costado llegar a lo alto) eran interesantes, casi no se veía el lago y las nubes tapaban todas las montañas. Nos pilló la nube de las 12, puntual como de costumbre. Nos hicimos la foto de rigor e iniciamos el camino de regreso.
Viajero 1 – turista 1.
En lugar de volver por la selva hasta el embarcadero, decidimos bajar por la otra vertiente de la montaña hasta la carretera y, allí, buscarnos la manera de regresar a Pokara. No anduvimos mucho por la cuneta de la carrtera cuando un autobús multicolor y de bocina estridente nos dio alcance. Hicimos señas y paró para recogernos. Digamos que en Nepal cualquier parte es buena para poner una parada de autobús: basta con que haya alguien que quiera subir en él. El autobús, como todo en este país, estaba hasta arriba de gente, pero encontramos un lugar donde sentarnos en el gallinero. Por una vez, lo de gallinero se quedó sólo en una forma de hablar ya que no había gallinas.
Viajero 2 – turista 1.
Nos cobraron 50 rupias por un trayecto de 10 minutos y, a juzgar por las risas de la gente, nos debieron de cobrar más de la cuenta. El caso es que nos dejaron justo enfrente del lugar donde queríamos ir: Las cascadas del Diablo. O las cascadas de David, que no me quedó claro (en inglés es Devil’s Falls, o David’s Falls… así que dependiendo de la guía que uno use, así la llaman de una manera o de otra). Las cascadas son otro de los lugares marcados por la guía como visitables. Pagamos religiosamente la entrada, 20 rupias, y vimos desde un mirador como una cascada de más bien reducidas dimensiones entraba en una cueva estrepitosamente. Comparada con cualquier otra cascada vista hasta ese momento durante el trekking, esta parecía de juguete. Estaba, claro, atestado de turistas. Entre las actividades a realizar en tan fantastico lugar estaba la de tirar monedas (a ser posible euros) en el pozo de los deseos. reconozco que intentar acertar en el gueco para las monedas fue entretenido. Algo así como una tragaperras, sólo que en lugar de el bote acumulado, uno gana un deseo. Si eso.
Viajero 2 – turista 2.
Un poblado de refugiados tibetanos no quedaba demasiado lejos de allí, así que decidimos investigar antes de comer. Nepal debe de ser el único país del mundo donde sus refugiados viven mejor que la población autóctona. El pueblo tibetano recibe multitud de ayudas internacionales, mucho dinerito, por lo que sus casas y calles tienen un aspecto bastante mejor que las casas y calles puramente nepalíes. Hasta televisiones planas y todo, nos dijeron que había. Ver, lo que se dice ver, no vimos ninguna. La verdad es que salimos un poco decepcionados de allí, porque nos pareció estar visitando un barrio residencial de clase media acomodada (para los cánones de la zona, claro).
Viajero 3 – turista 2.
De regreso nos perdimos por unas callejuelas y escuchamos lo que tenía toda la pinta de ser una oración multitudinaria. Se trataba de una procesión budista que terminaba en un templo, donde iniciarían un ritual. Cobraban por entrar y nos sonó a espectáculo para turistas y, como estábamos hambrientos, decidimos no entrar y buscar un sitio donde comer. El lugar elegido fue un vegetariano. Pero no imaginéis un vegetariano con sus mesas, sus manteles y demás. El vegetariano era un chiringuito junto a la carretera, muy cerca de donde nos habíamos bajado del autobús, donde un muchacho de poca edad regentaba el negocio familiar. Comimos muy bien, la verdad, rodeados por Hindúes y Nepalíes. La carta no era muy extensa. En realidad no había carta. Sólo había que apuntar con el dedo lo que querías comer. Decidimos probarlo todo y pedimos una cosa de cada, y un plato de fideos fritos para cada uno (Nuddels). Picaban como si se hubieran entrenado para ello toda la vida. Me gustaron especialmente una especie de rosquilla fritas.
Viajero 4 – turista 2.
Al terminar queríamos ver el mercado viejo y el mercado nuevo, situados en el centro de Pokara. Viendo el mapa podría ser una caminata de dos horas fácilmente, así que negociamos un precio con una furgoneta para que nos llevara (25 rupias por persona). Era una especie de Taxi compartido, porque había como 15 personas en la furgoneta, y el “cobrador”, casi encaramado por fuera de la furgoneta, avisaba a la gente para que se fueran subiendo más. Tardamos algo menos de 20 minutos en llegar al mercado nuevo, veinte minutos de experiencia por las atestadas calles de Pokara, las calles menos transitadas por turistas. Nos reconocieron como españoles y un chaval muy majo nos dio la enhorabuena por haber ganado la Eurocopa. Fernando Torres es un ídolo por allí.
Viajero 5 – turista 2.
El mercado nuevo es un mercado como cualquiera de los nuestros. En realidad es como si fuera un mercadillo, porque, además de las tiendas normales (para ellos), había cantidad de puestos ambulantes. Vendían comida, ropa occidental y otros objetos, como sartenes o pinzas para la ropa. Vimos juguetes de plástico, cacerolas, o medias de señora. Todo el mundo con esa costumbre tan Nepalí de llevar los fajos de dinero en la mano. Si hicieran un estudio microbiológico de los billetes encontrarían miles o millones de nuevas especies. Hay billetes que parecen tener vida propia y resulta imposible mantenerlos estirados en una mesa. Paradójicamente, la más escrupulosa del grupo (no diré quien es) era la encargada de llevar el fondo común y de pagar… las caras que ponía al tocar los billetes eran todo un poema.
El mercado viejo era otra cosa. Tenía como base claramente la arquitectura Newar, de paredes de ladrillo y tejados de pizarra, aunque los productos que vendían eran muy parecidos, si no iguales. El entorno, eso sí, era más pintoresco. Mientras paseábamos por las callejuelas vimos multitud de pequeños altares y estupas en chiquitito, con restos de ofrendas florales y alguna que otra vela encendida. En ese momento no lo supimos, pero estábamos en plena fiesta de sacrificios. O, a lo mejor, ellos hacen sacrificios todo el año. De haber andado un poco más habríamos llegado a un templo más grande donde estaban degoyando animales. Una lástima.
En lugar de coger otro taxi para regresar al Lakeside (con un pequeño mosqueo por mi parte, que todo hay que decirlo), bajamos andando por las calles de la ciudad. La parte no turística de Pokara es completamente diferente al Lakaside: son todo casa bajas de dos plantas como mucho, con el consabido local comercial en el bajo. Hay mucha gente por la calle, pero casi todo el mundo está sentado, dejando la vida pasar. Nadie nos ofreció cuencos tibetanos o bálsamo de tigre. Lo único, algún taxista que otro nos ofrecía sus servicios (que sinceramente me habrían venido muy bien, porque no tenía ganas de seguir andando). En general, y quitando a un loco que nos siguió hasta la misma puerta del hotel, la gente nos miraba con curiosidad pero nos dejaba en paz. Algún niño que otro intentaba practicar su inglés, que no pasaba del “Hello”.
Viajero 6 – turista 2.
Por la noche elegimos un restaurante al azar del Lakeside, uno que estaba cerca del hotel, con vistas al lago y en el que había bailes regionales. Bebimos cerveza y comimos comidas no tan típicas. Entre pecho y espalda me metí un costillar de cerdo con salsa que me supo a gloria bendita, del que sólo quedaron unos cuantos huesos pelados. En sólo una noche me resarcí de todo el arroz, todo el pollo, todos los tallarines y las verduras fritas que comí en las dos semanas de Trekking. Podría decir que era el mejor costillar de cerdo que había comido en mi vida. Quizá no tanto… lo cierto es que recuperé el apetito, y eso era una gran noticia, al menos para mí.
Viajero 6 – turista 3.
Al día siguiente nos levantamos tarde (para los cánones de la zona) y desayunamos unos cruasanes riquísimos rellenos de chocolate y unos cafés capuchinos (dos por cabeza) en una cafetería alemana, sentados en una terracita acogedora cerca del lago, en Lakeside, el barrio de los turistas. Charlamos, vimos fotos y leímos la prensa local, la que estaba en inglés. Un largo desayuno la mar de relajado. Para mí fue el primer día que me sentí de vacaciones al 100%. Lo cierto es que necesitábamos un pequeño parón, después de tantos días de actividad frenética. A veces es bueno detenerse un momento y pensar en lo que se ha hecho. Que carajo! A veces es bueno detenerse un momento y punto…
Viajero 6 – turista 4.
Con el estómago lleno acudimos a la casa de masajes que habíamos visto el día anterior. Estaba al final de unas escaleras estrechas y lo regentaba un nepalí menudo y fibroso. Nos hicieron descalzar y tumbar en unas camillas y empezaron con un masaje muy completo (no tan completo como algunos pueden estar pensando). La lástima fue que a los chicos nos lo dio un tío y a Mariu una muchacha de muy buen ver (que podía haber sido al revés, digo yo). Durante el masaje descubrí que tenía muy cargadas las piernas, la espalda y el resto del cuerpo. Eso sí, me quedé la mar de relajado (más o menos, que tampoco hay por qué entregarse) y casi como nuevo. El precio de un masaje de hora y media, 1000 rupias, unos 10€. Aquí habría costado como 5 o 6 veces más.
Viajero 6 – turista 5.
Después del masaje, fuimos otra vez a comer y, para terminar con un día completo de relax, después de compras. Había que empezar a mirar los regalos para la familia y algunas baratijas. Quien no quiso recorrer los miles de puestos de recuerdos, cuencos tibetanos y pañuelos de pasmina, se dedicó a conectarse a Internet o simplemente vegetó hasta la hora de la cena. Cena que fue en otro restaurante completamente diferente a los que habíamos visitados. Con un brindis terminamos nuestra jornada de relax en Pokara.
Viajero 6 – turista 6.
Al día siguiente cogeríamos un autobús y volvíamos a las andadas. Pero eso lo contaré en la próxima entrada.
Para concluír, un par de fotos que me gustan especialmente.
Como siempre, las fotos se ven más grandes haciendo clic en ellas. Por cierto, los actos que he indicado que eran de turistas o de viajeros están un poco cogidos por los pelos. Mi intención fue el empate. Vosotros podéis tener vuestra propia opinión (y expresarla).
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Nepal (10) - Un paseo por las nubes
Viernes, 10 de Julio de 2009Desde Muktinath hasta Jomson había una buena tirada. Algo así como 20 kilómetros, la distancia más larga que hicimos durante todo el recorrido. Después de haber hecho cima el día anterior, ahora casi todo el camino era cuesta abajo, pero aún así la sensación era de estar haciendo una especie de extra, los minutos de la basura. El único aliciente era el cambio de paisaje: ya no estábamos en una selva sino que había arena y tierra hasta donde la vista se perdía. Pero las ganas de terminar de una vez por todas de andar eran grandes. Si a eso le añadimos que íbamos por una carretera (o lo que ellos entienden por una carretera, porque asfalto, lo que se dice asfalto, no había), el camino se hizo incómodo. Cuando nos cruzamos con el primer vehículo atestado de gente hasta el techo, nos dimos cuenta de que llevábamos casi dos semanas sin ver un coche, y el mismo tiempo sin oír un claxon. Los momentos de paz habían terminado.
Pronto llegamos al cauce seco de un río. En realidad es el cauce cuando el río baja lleno durante la época monzónica, pero estando otra vez en la estación seca, el río transitaba por su cauce habitual más pequeño (aunque a escala occidental, el río era grande de cojones, incluso en época seca y todo). Estábamos cerca de Jomson, la ciudad del viento. Algo así como Detroit, pero en Nepal y mucho más pequeño. Y sin tantas fábricas de coches. Chewan nos dijo que sobre las diez y media de la mañana empezaba a soplar un viento muy fuerte en la zona. Y el viento, como todos los acontecimientos meteorológicos en Nepal, fue puntual a su cita. Junto con la puntualidad británica de las nubes a la hora de tapar el Machhapuchhare (siempre a las 9 de la mañana), estas cosas nos dejaban un poco boquiabiertos.
Se notaba que estábamos muy cerca de la civilización, porque había una gran cantidad de serpas cargados con bultos enormes, pero también mujeres con sus niños y ancianas de bastón. Quizá fuera por el clima menos benigno que el de la parte selvática, pero las mujeres iban vestidas con una versión de Sari de aspecto más grueso que el que habíamos visto hasta entonces.
Los últimos kilómetros de la vuelta a los Annapurnas fueron incomodísimos. Mejor dicho, los últimos kilómetros que hicimos nosotros de la vuelta de los Annapurnas, porque para que fuera una vuelta completa, había que terminar en el mismo punto en el que empezamos, y para eso había que invertir otros cuatro o cinco días más de marcha. Y aunque había promesa de vistas espectaculares de los Annapurnas… bueno… tampoco había que pasarse. Dos semanas andando y llegar tan alto como habíamos llegados era ya suficiente. Lo que iba diciendo: Esos últimos kilómetros fueron incomodísimos. El viento nos daba en la cara y masticamos tierra. Apenas podíamos hablar, porque el ruido del viento era ensordecedor y mantener la boca abierta para decir una “a” suponía tragar entre kilo y kilo y medio de arena. Bueno, a lo mejor no tanta. Pero después de haber caminado con barro, nieve y hasta piedras, el cambio a la arena y el polvo fue muy desagradable.
En Jomson está el aeropuerto de la zona. En realidad el pueblo se llama Jomoson, pero se ha “occidentalizado” su nombre para facilidad del turista. Desde allí volaríamos a Pokara en un vuelo interno en avioneta, y empezaríamos la segunda parte de las vacaciones. O sea, las vacaciones en sí (el turismo y la buena vida). La peculiaridad de la región es que el viento sopla todo el día, excepto la franja entre el amanecer y las 10 u 11 de la mañana. Por eso, durante esas pocas horas, los aviones realizaban todos los vuelos posibles transportando gente o enseres en pequeños aviones poco más que autobuses con alas. Y por eso teníamos que estar a las 7 de la mañana en el aeropuerto: teníamos que estar en uno de esos aviones.
A pesar de ser un aeropuerto pequeño, contaba con las más modernas medidas de seguridad, que incluían: un policía con cara de aburrimiento y un señor con bigote. Allí nos cachearon y obligaron a abrir las mochilas… aunque cuando encontraron una navaja simplemente la devolvieron a su dueño. Supongo que pensarían que nadie en su sano juicio intentaría secuestrar una de esas avionetas. Reconozco que, tras hacer cumbre, la experiencia de la avioneta era la que más me llamaba la atención. Claro que, en mi imaginación, la avioneta era más pequeña, inestable y bamboleante de lo que al final resultó ser. Nuevamente tuvimos mucha suerte y el tiempo fue inmejorable para volar. El Annapurna I se encontraba despejado junto a la pista de despegue y pudimos fotografiarlo y grabarlo a placer, mientras esperábamos nuestro avión, y durante el vuelo. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que pudiera repetirse el accidente que unos días antes ocurrió en la zona del Everest
El Annapurna I dio paso, poco a poco, al Machhapuchhare, la montaña pirámide. Esta montaña, que no es un ochomil por apenas un Pau Gasol, es el pico más reconocible de los Himalayas. Al menos lo es para mí. Y verlo sólo podía significar que habíamos llegado a Pokara, con su lago Phewa Tal, de aguas tranquilas invitando al baño (baño que me recomendó mi amigo Blas encarecidamente). Nuestro guía se despidió de nosotros en cuanto nos dejó en el Hotel, en el barrio turístico del Lakeside, plagado de tiendas, hoteles y restaurantes (derpués de cobrar su correspondiente propina). Y cambiamos a un guía que casi no hablaba, por un director de hotel que no se callaba ni bajo el agua, y que tenía un extraño y asombroso parecido con cierto ex presidente del gobierno de gracioso bigotillo. Incluso nos sentimos como George Bush, por la cantidad de reverencias que nos hacía.

Arrozales por toda la montaña, vistos desde el avión
Y ahí empezaron las vacaciones de las vacaciones. O las vacaciones dentro de las vacaciones. Aunque si alguien piensa por un momento que no volvimos a andar, se equivoca: uno no puede ser montañero y pasarse mucho tiempo tirado a la bartola. Lo intentamos, eso sí, pero no lo logramos.
Como resumen a la parte caminada del viaje, sólo decir que pocas cosas podían haber salido mejor. Bueno, yo podría no haber tenido mal de altura, pero incluso eso creo que fue en su justa medida. Físicamente todos respondimos al reto, ni siquiera tuvimos una pequeña lesión. Y en el plano personal, entre nosotros no hubo roces ni un pequeño problema… que es lo mínimo que se le puede pedir a un viaje.
La vuelta a los Annapurnas es un treking muy recomendable. No hay que ser un portento físico (cuanto mejor se esté, más divertido es, por supuesto) y los paisajes son impresionantes. La variedad de ecosistemas es brutal, desde la selva hasta el glaciar, pasando por todo lo que hay en medio, y se descubre un Nepal rural un tanto diferente al urbano… lo que es un alivio.
Pero eso lo contaré en la siguiente entrada, que he titulado adrede: ¿Viajero o turista? En honor de mi buen amigo Blas, el viajero más insatisfecho que conozco.
Como de costumbre, para ver las fotos a un tamaño razonable, sólo hay que hacer clic en ellas. Hacedlo, porque valen mucho la pena. Sé que siempre digo lo mismo, pero es que es verdad.
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Nepal (9) - Haciendo cumbre
Viernes, 26 de Junio de 2009En Nepal usan un sistema para medir el tiempo diferente al del resto del mundo. Está basado en horas de 100 minutos y días de 10 horas… y no sabía a qué hora nepalí correspondían las tres y media de la mañana. ¿Cómo se puede dormir tranquilo sin saber “realmente” la hora que es? Tenía que calcular la hora nepalí… al precio que fuese. Y daba igual que nuestro guía, Chewan, hubiera quedado en llamarnos a esa hora… yo tenía que saber qué hora era.
Obviamente en Nepal se mide el tiempo igual que en el resto del mundo… pero a mí me dio por soñar eso. No eran los millones de croquetas con los que había soñado una vez, ni los 50.000 pistachos de entonces. Eran minutos y segundos nada más. Además, la sensación que tenía, era la de saber que lo que estaba pensando era una tontería, pero, a la vez, no poder parar de hacerlo. Y, claro, no pasé buena noche precisamente. Muy movidita, según Escarabajo, mi compañero de celda (porque la apariencia de la habitación era la de una celda de un monasterio especialmente pobre).
Chewan llamó a la puerta con dos breves toques a la hora convenida y salí del saco a toda velocidad. O toda la velocidad que fui capaz de imprimir a mi maltrecho cuerpo dadas las circunstancias. Ya estaba vestido, porque me había acostado con toda la ropa puesta, y la mochila preparada del día anterior. Sólo había que continuar el ritual diario de meter el saco en la bolsa compresora. Mientras lo hacía me sentí un poco extraño… había algo en mí que no cuadraba pero no sabía lo que era. Lo único que sabía era que algo no iba bien. Escarabajo salió el primero al frío exterior y me avisó desde allí:
- ¡Macho… nunca había visto tantas estrellas!
Y salí a mirar yo también. Miré para arriba y vi las estrellas. Todas. Jamás en mi vida me había dolido la cabeza de esa manera. Un dolor que iba desde la base del cuello hasta detrás de los ojos. Ni en la peor de las resacas. Ni juntando todas las resacas en una, multiplicando por diez y elevando el resultado al cuadrado. Las otras estrellas, las del cielo, también las vi. Y pese al tremendo dolor de cabeza y a que mirar para arriba era mareante, os puedo asegurar que jamás había visto un cielo tan bonito.
Generalmente estoy en contra del doping, pero tengo que reconocer que antes del desayuno ya me había tomado un gelocatil y una aspirina con un poco de hot lemon, a ver si se me quitaba el dolor de cabeza. Todo mi desayuno consistió en un bocado al emparedado de queso (que me provocó una arcada impresionante) y en otro poco más de hot lemon para retener lo poco que había dentro de mí en su sitio. No me entraba nada más. Y eso que la experiencia me decía que no se puede andar mucho con el estómago vacío. Y menos a esa altura. Así que Mariu, como hermana mayor (Didi, en lengua nepalí, que significa: hermana mayor soltera que queda al cuidado de sus hermanos), envolvió el emparedado en unas servilletas y me lo guardó en la mochila, para que fuera comiendo mientras ascendía. El emparedado terminó en una papelera casi 2.000 metros más abajo, exáctamente igual a como fue envuelto. Añadió, además, un par de barritas energéticas, que estas, eso sí, no llegaron a la cima. Esta Mariu…
La idea era empezar a andar a las cuatro y media de la mañana y recorrer los 500 metros de desnivel que nos quedaban antes de que saliera mucho el sol. La razón: el viento. El Thorung La es el puerto de montaña más alto del mundo, y casi siempre está azotado por un fuerte viento. Es por lo que en cuanto el sol se levanta un poco, empieza un vendaval muy incómodo que queríamos evitar. En un país donde todo es a lo grande, el viento tampoco se quedaba corto.
Así que con el frontal en la frente (por otra parte, el mejor lugar para ponerlo), la mochila al hombro, y toda la presión del mundo sobre mi cerebro, iniciamos la marcha a buen ritmo, todos en fila india y siguiendo al guía y los serpas, que en esta ocasión iban con nosotros. A nuestro alrededor no se veía nada, pero confiábamos en la pericia del guía. Creo que el caminar a oscuras nos vino bien, porque con las placas de hielo que había en el camino, mejor no saber a dónde caeríamos en caso de resbalón. Casi no hablábamos y sólo se escuchaba el crujir de la nieve o del hielo bajo nuestros pies y nuestra respiración entrecortada. En realidad, MI respiración entrecortada. Me estaba costando horrores seguir el ritmo de los serpas, entre el dolor de cabeza y un mareo la mar de interesante que empezaba a subir muchos puestos en mi lista de penalidades personales.
Por supuesto me tuve que detener para recuperar el resuello, y no pude evitar maldecir por no haberme traído un tercer pulmón en la mochila. Eso sí que habría servido de algo, y no tanto calzoncillo limpio y camiseta de recambio. Intenté recuperarme rápido porque mi parada obligó a detenerse a todo el mundo, ya que el guía no permitió que nos separáramos. A partir de ese momento, la marcha fue mucho más irregular, con detenciones cada poco tiempo. Mis pulmones no daban mucho más de si, y no lograba averiguar quien era el que me estaba pisando el pecho y me impedía respirar. Eché de menos esos tiempos en los que desperdiciaba el oxígeno.
http://www.dailymotion.com/videox9odpz
Por fin llegamos a una especie de meseta y dejamos atrás los acantilados y nuestro guía se relajó un poco. Dejó irse a Mariu y a Escarabajo con los serpas, mientras que él se quedó con Ángel y conmigo, llevando un ritmo más lento. Mientras yo buscaba mis pulmones por el suelo, Ángel se dedicó a hacer algunas fotos, ya que el cielo estaba lo suficientemente claro como para ver recortadas las montañas en el cielo.
Y el sol salió. Y la luz rebotó en los cristales de hielo y la nieve brilló con millones de destellos a nuestro alrededor. Una visión maravillosa. Tan maravillosa que parecía irreal, como de cuento. Como si el gobierno se hubieran gastado una pasta en efectos especiales para impresionar al incauto occidental. Una cosa tan espectacular sólo podía ser otro síntoma del mal de altura, una alucinación de un cerebro dolorido y ligeramente sobrecargado de analgésico. Y en eso andaba yo pensando alelado cuando la chica que tenía al lado, una de las israelíes, soltó un “wow, its great” mientras miraba a su alrededor, como yo… el efecto óptico era real (o, al menos, una alucinación colectiva) y quizá sea lo más espectacular que he visto en la montaña. También es posible que esta afirmación tenga una carga emocional importante. No seré yo quien lo niegue.
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A juzgar por lo que dijo Chewan, Ángel y yo vimos el amanecer en el punto exacto en el que es más espectacular. Supongo que mi halo se las apañó para que no estuviera en mejores condiciones y para que mi paso lento nos retrasara lo justo. O puede que Chewan nos dijera una mentira piadosa. Total: no teníamos como desmontarle el argumento y, en el fondo, escuchamos lo que queríamos oír. Pero por muy espectacular que fuera el amanecer, no sé si valió la pena, porque lo que quedaba hasta el paso de Thorung La fue interminable para mí. Para dar un paso necesitaba de toda mi voluntad y no podía dar más de 20 pasos seguidos sin tener que parar para recuperar el resuello. El corazón botaba en mi pecho alocado y los pulmones los sentía cada vez más pequeños. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y a pesar de no tener nada en el estómago, sentía unas nauseas terribles. Dejé de ver a mi alrededor y me concentré en el bastón y en la huella en la nieve; en dar el siguiente paso. Digamos que se convirtió en un “tú o yo” contra la montaña del que no pensaba salir perdedor. Uno no se da la vuelta a 100 metros de la meta. No yo. Lo cierto es que puedo ser muy cabezota en ocasiones.
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Después de dos o tres falsas alarmas (montículos de nieve que mi cerebro quería identificar como la “cima”) , la llegada al paso de montaña más alto del mundo fue muy emocionante. Se veía el montón de rocas con la placa conmemorativa y los miles de banderas de plegarias atados a cualquier parte. Desde lejos, con la nieve y las banderolas de colores, parecía un montón de basura. Lo que no quita que sintiera una alegría inmensa al verlo. Allí estaban mis amigos, esperando que llegáramos, otros grupos haciéndose fotos, y nuestros serpas fumándose un pitillo (seguramente no sería el primero).
De la llegada sólo recuerdo tres cosas: El enorme nudo que tenía en la garganta por la emoción de llegar, y que, de no ser por que soy un tipo duro, me habría hecho llorar como un niño. También recuerdo la idea de que tenía que tocar el montón de piedras antes de hacer cualquier otra cosa, y que dije “Casa”, cuando toqué la placa metálica. Y el enorme abrazo que me dio Mariu cuando por fin alcancé la meta. Tardé un rato en poder articular palabra… y eso que me había preparado un pequeño discurso, pero cuando se tiene tal cantidad de emociones y no sobra el aire, las palabras faltan. Entre que las recuperaba, junto con el resuello (que seguía faltando), nos hicimos las fotos de rigor… más que nada para demostrar que habíamos llegado hasta allí arriba.
http://www.dailymotion.com/videox9btxr
Pero si la subida me pareció dura, la bajada fue terrible. En parte por el cansancio acumulado, la falta de aire, el dolor de cabeza, el mareo y las nauseas… pero también porque fueron 1.800 metros de desnivel negativo. Una pasada de desnivel negativo. Guardo una uña negra en mi dedo gordo como recuerdo de aquella bajada… y no es que la guarde en una cajita… la llevo puesta. Al igual que con la subida, me concentré en la bajada, en donde ponía el pie, en evitar los resbalones y en mantener un poco el ritmo. Al llegar a Muktinath, el final de la ruta para ese día, mis rodillas estaban al límite de su resistencia. Por suerte unos españoles me habían dado un ibuprofeno que terminó de quitarme el dolor de cabeza y me alivió el mareo.
El camino hacia el pueblo pasaba por un templo donde se estaba celebrando una ceremonia hindú, la fiesta del agua y el fuego, de la que hablaré en un post que dedicaré a la religión y los templos. De no haber estado de paso sé que habría pasado de ver el templo luego por la tarde. Estaba realmente agotado y dediqué el resto del día a descansar. Apenas comí y me abstuve de beber cerveza… por si volvía el dolor de cabeza.
Eso sí: después de cuatro días… volví a ducharme. Fue con agua fresquita… pero me supo a gloria.
Como de costumbre, pinchando en las fotos se pueden ver a mayor tamaño (y todas valen mucho la pena, desde mi punto de vista).
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Nepal (8) - El High Camp
Viernes, 19 de Junio de 2009Tal y como conté en la anterior entrega, la noche dentro del saco fue mucho mejor de lo esperado. Fue hasta calurosa. Este último punto es discutible, por supuesto, dependiendo de quien sea el que emita el enunciado. Frío no pasé, aunque los efectos de la altura estaban empezando a hacer estragos en mi organismo. Para empezar no conseguía respirar bien del todo, lo que me hizo descansar poco y mal. Cualquier movimiento dentro del saco, algo tan rutinario como darme la vuelta en la cama o quitarme las mallas por tener calor, ponían mi corazón a la velocidad propia de un adolescente enamorado en presencia del motivo de sus desvelos. Por el momento no tenía dolores de cabeza o mareos, pero me estaba empezando a dar nauseas la comida, especialmente un sabor de fondo que parecía tener todo, desde el arroz hasta las verduras fritas, pasando por el queso, la pasta o el aire… lo que hizo que apenas probara bocado. Y quizá todo esto me produjo como una desazón. Estaba cansado de comer el pan tibetano del desayuno, o el arroz de la comida o la pasta de la cena. Hasta el queso me producía nauseas… algo que quien me conozca sabrá que es tan poco probable como ponerme a rezar un padre nuestro espontáneamente.
El amigo mal de altura estaba conmigo sin haberle invitado.
El plan para ese día era muy sencillo: Pasaríamos de los 4.200 metros de Ledar, a los 4.900 metros, del High Camp, invirtiendo en ello entre tres y cuatro horas nada más. Estamos hablando de una altura considerable ya. Para satisfacción de mis piernas, más de la mitad del recorrido sería ganando altura muy lentamente, lo que Chewan llamaba “Nepal Plane”, que haría más llevadera la marcha. Algo que se agradecería enormemente porque, aunque no tenía cansancio del día anterior, no había descansado completamente. Al salir al exterior del lodge, por decir algo, porque el interior del lodge era igual de frío que el exterior, hacía lo que se puede denominar como “una buena mañana”. Al menos no llovía. Pero a pesar de que la noche había sido fría, la escarcha helada que lo impregnaba todo así lo demostraba, no parecía que fuera a ser una jornada de temperaturas bajas. Y como pasa siempre, al comenzar a andar el forro polar sobraba pronto y al poco rato ya habíamos guardado los gorros y las bragas en la mochila… no hay nada como una caminara enérgica para que suba la temperatura ¿No?
La estrecha vereda transitaba por unos páramos deshabitados y solitarios al borde del precipicio. Cientos de metros más abajo quedaron los pueblecitos pintorescos que atrabesábamos en nuestro caminar. Ahora, nuestra única compañía eran los matojos de hierba y algún arbusto despistado, aunque de vez en cuando un Yak lanudo aparecía entre la niebla y nos miraba aburrido mientras masticaba alguna correosa raíz. A lo lejos vimos cabras salvajes (a falta de un nombre más científico) saltando de piedra en piedra como si la altura y sus efectos no fuera con ellas. Y, quitando a algunos occidentales, laúnica presencia humana era la de algún guía o pequeños grupos de serpas. Cada poco nos teníamos que apartar para dejar paso a los serpas que nos alcanzaban y pasaban cargado con sus pesados fardos, andando aparentemente despacio. Pero sólo aparentemente. Estaba claro que para ellos tampoco había mal de altura que valiese. Ni frío, a juzgar por las chaquetas livianas o las sandalias de cuero desgastado de las pies.
Cuando llegamos a Thorung Phedi apenas habían pasado dos horas de marcha. Éste campamento era el único punto habitado del camino entre Ledar y nuestro destino para ese día. Los que no habían dormido en Ledar la noche anterior siguieron hasta allí, ganan un día a la ruta. Como después pudimos saber, la noche en el campamento había sido de todo menos placentera. Enormes goteras mojaban los sacos y el frío fue mucho más intenso que en Ledar, aunque sólo fuera por la diferencia de altitud. Nuevamente la suerte se había puesto de nuestro lado en el viaje. El halo ese que me sigue a todas partes. También fue en ese punto donde apareció tímidamente el sol durante un instante. Allí descansamos durante un rato, sentados en una mesa de piedra y refrescamos el gaznate con el agua fresca de la cantimplora, realmente fría por estar a temperatura ambiente. Yo aproveché el tiempo de descanso para comerme una barrita energética, a pesar de la nausea, más que nada por la insistencia de Mariu preocupada por mi apatía gástrica. Ella me conoce perfectamente y sabía que no era muy normalmi aparente falta de apetito: soy un comilón incorregible.
En esas estábamos cuando nuestro guía nos dijo dos cosas: Primera, que el tiempo mejoraría por lo que el día siguiente sería un día magnífico (algo que hizo que miráramos a nuestro alrededor intentando ver lo que fuera que él estuviera viendo y que le hacía pensar eso); y segunda, que se adelantaría al High Camp para coger sitio. Dicho lo cual salió a la carrera por la empinada pendiente. Es sorprendente cómo esta gente es capaz de hacer éste tipo de proezas. Supongo que tienen cierta predisposición genética para adaptarse a la altura, además de muchos años de experiencia… pero verle brincar cuesta arriba a toda velocidad era, sobre todo, envidiable. Y no invidia de la buena precisamente. Yo no había recuperado el resuello cuando Chewan desapareció de nuestra vista detrás de una enorme roca.
Ante nosotros quedaban los últimos 300 metros de desnivel del día, concentrados en una pared vertical de roca. Una zigzagueante senda pedregosa que ganaba altura por una empinada ladera y se perdía en la niebla. Al final de ese camino, decían los más optimistas, había un campamento donde dormiríamos. Para mí aquello era una pared vertical prácticamente impenetrable. Sin la supervisión del guía, que siempre se empeñaba en que fuéramos todos juntos, cada cual encontró el ritmo con el que se encontraba más a gusto para subir. Esa es una de las normas de la montaña, aunque suene a poco solidaria. Cada uno tiene un ritmo ideal, en el que cuesta menos esfuerzo caminar. Eso es lo que se aprende después de muchas jornadas de montaña: uno aprende a escuchar a su cuerpo y sabe qué ritmo es el más adecuado en cada momento. Aunque pueda parecer ilógico, andar despacio también cansa, si el ritmo que uno tiene es más elevado. Escarabajo, el más en forma de todos nosotros, salió en persecución del guía, al que no consiguió alcanzar por muy poco. Y yo, el más perjudicado por la falta de oxígeno, me fui quedando atrás poco a poco.
Esos trescientos metros fueron muy duros para mí. Invertí una hora y media en recorrerlos, pero a mí se me hizo eterno. Sobre todo porque la senda en zigzag no parecía tener fin. No se veía la meta en ningún momento y, cuando la pendiente parecía terminar algunos metros más arriba, aparecía otra cuesta detrás más empinada si cabe, para mermar la moral ya por los suelos. Si al menos hubiera brillado un sol radiante en el cielo… pero por suerte, después de un recodo y tras un rato de descanso para recuperar el aire, apareció, como si de la mismísima Shangri Lha se tratase, la pétrea figura del campamento. Su sola contemplación me dio la energía necesaria para esprintar en los últimos metros y llegar a la meta a buen ritmo. Eso, y la insidiosa grabación en vídeo de esos últimos metros por parte de Escarabajo. Si iba a quedar documento gráfico de mi llegada, no sería una imagen de un montañero destrozado a paso cansino.
El High Camp es una agrupación de casas bajas de piedra al pie de un cortado, Aprovechando un trozo de terreno más o menos horizontal. Está resguardado de los vientos que siempre hay por la zona por un farallón de piedra de enormes proporciones. El campamento se compone de un edificio principal, con las cocinas y el comedor, y las construcciones de piedra y barro que constituyen las habitaciones donde pasar la noche. Apenas un cuartucho pequeño donde dejar la mochila con un par de camastros de madera en los que tumbarse a dormir. En la sala común, el comedor, se domina desde sus amplios ventanales el valle que se extiende miles de metros más abajo, y se mantiene caliente por el calor de los fogones de la cocina y, bueno, el calor humano, que también lo hay.
Allí pasamos el resto del día, jugando de nuevo al mus o dormitando junto al ventanal por el que entraba de vez en cuando algún rayo de sol, como queriendo darle la razón a nuestro guía. Pero sobre todo tomando hot lemon bien calentito. Se estaba bien allá arriba. Parecía mentira que, a casi 5.000 metros de altura, hubiera ese remanso de paz, ese lugar a cogedor en el que descansar. Supongo que algo de nuestra parte también había. Se notaba que estábamos a pocos pasos de la meta y los ánimos estaban a tope. A pesar de los pequeños inconvenientes, del frío pasado y del cansancio acumulado, estabamos contentos. Y eso se notaba.
Después de tantos meses de preparación, de imaginar la situación de mil maneras diferentes… estábamos a pocas horas de la cumbre. De alcanzar la meta.
Pero eso sería al día siguiente… muy, pero que muy temprano. Y lo contaré en la siguiente entrada.
Por cierto: la mayoría de las fotos que ilustran este texto no son mías (razón por la cual salgo en casi todas, por otra parte). La explicación es que, entre otro de los efectos secundarios del mal de altura, estaba la de no hacer un número suficiente de fotos. Vamos, que estaba alelado. De éste día y del día siguiente tengo muy poco material fotográfico… lo que es una pena, dada la belleza del entorno. Por suerte mis compañeros de viaje sí que estuvieron más atentos.
Para hacer las fotos más grandes sólo hay que hacer clic en ellas.
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