Category Archives: Enero 2004

El Elefante desde más lejos

Escapada – El Elefante de la Pedriza

Un bonsai en todo lo alto de una peña

Escapada – La Peñota

Una imagen inusual surgió de ente la niebla al poco de iniciar el descenso desde el Pico del Águila: un perro.

Y no es que el perro tuviera tres cabezas y la cola terminada en una serpiente (lo que sólo podría significar que estábamos en las puertas del infierno). No. Era un simple pastor alemán encadenado a una piedra. Bueno, la verdad es que no sería tan inusual si no fuera porque estaba absolutamente solo, en mitad de la ningún sitio, con cara de pocos amigos. De hecho ladraba como un poseso.

Inmediatamente empezamos a buscarle explicaciones al hecho de encontrar a un pastor alemán encadenado a una piedra en un camino poco transitado. Un malvado dueño insensible y sanguinario fue la primera de las muchas ideas que se nos ocurrieron. Pero como todo parecía indicar que la cadena que sujetaba al perro no había sido puesta en la piedra, sino que más bien parecía haberse enganchado, al final llegamos a la conclusión de que el perro se había escapado.

Ahora bien… ¿Qué hacer? ¿Dejábamos al perro allí o intentábamos soltarle? Dejarle allí podría ser considerado poco humanitario, pero cualquiera se acercaba al perro para soltarle de la cadena, teniendo en cuenta que nos ladraba y nos enseñaba los dientes (pero poco). Claro que, si yo fuera un perro, también me comportaría así, supongo…

Al final, y no sé muy bien por qué, me fui acercando poco a poco al perro, susurrándole para que se tranquilizara, como el amigo Robert Retford hacía con los caballos. Surtió efecto, supongo, porque me dejó acariciarle detrás de las orejas sin que soltara ninguna dentellada (y en ese momento pensé que de haberme mordido habría perdido la mano derecha, una mano muy preciada para mí). Parece que me gané su confianza, así que soltarle de la cadena fue fácil.

Ya estaba suelto… bueno, suelta, porque era una hembra, y no parecía saber que hacer. Y como no podíamos hacer nada más por la perra seguimos nuestro camino de regreso al Hospital de la Fuenfría. Al final la perra decidió seguirnos, a cierta distancia.

Le llamamos Sierra y se lo llamamos mucho… “Sierra ven aquí”, “¡Sierra! (silbido), ¡Sierra!”, y cosas por el estilo. Y, aunque parezca mentira, la perra obedecía (en la medida de lo posible). Al poco empezó a coger confianza e incluso jugó con alguno de nosotros, especialmente con Nicolás… y la confianza fue máxima cuando casi se comió toda la comida que le ofrecieron (y fue mucha).

Ahora el problema era qué hacer con la perra una vez que llegáramos a los coches en el aparcamiento del Hospital de la Fuenfría. No podíamos dejarla allí, obviamente, pero tampoco podíamos llevárnosla… Al final decidimos llamar al 112 y que nos pasaran con la autoridad competente, si es que la había. La policía local de Cercedilla fue esa autoridad competente y nos dijeron que lleváramos a la perra a la comisaría, para leer el microchip (que seguro tenía el perro) y averiguar quien era el dueño.

Costó un poco de trabajo meter a la perra en uno de los coches, pero una vez que estuvo dentro del maletero, se quedó la mar de tranquila. Y así, todos en comitiva, nos dirigimos hacia la plaza del ayuntamiento, lugar donde está situada la comisaría de la policía local de Cercedilla.

Resultó que había sido denunciada la desaparición del perro el día anterior, por lo que fue fácil localizar al dueño del perro. A los pocos minutos apareció el susodicho dueño y, a juzgar por los saltos que daba Sierra, debía de serlo de verdad. Lo que más extrañó al dueño fue lo lejos que estaba Sierra del lugar del que se escapó.

Así que, al final, la historia terminó bien. Otra historia con perro que termina bien

Intenso y frío viento

Escapada – Tour de los Siete Picos

Un buitre

Escapada – Malpartida de Plasencia

Si Kike, eso de ahi es Cabezas de Hierro

Escapada – Cotos Cabeza Mediana