
Cartel publicitario de la segunda temporada de True Blood
Hola amigos.
Tengo que admitirlo. Yo también he sucumbido a la moda de los vampiros. Pero no de esos vampiros adolescentes lánguidos y pálidos de la saga Crepúsculo. Que va. Esos vampiros son uno sosos atormentados pos su doble condición de adolescente y vampiro. Lo que a mí me va más es el tipo de vampiro que se puede ver en True Blood, la serie.
La historia parte del hecho de que ser vampiro ya no es algo que haya que ocultar. O sea, que es de lo más normal del mundo que tu vecino del quinto sea un chupasangres. Y no me refiero al del quinto derecha, el inspector de hacienda, sino al del quinto izquierda, el pálido y enjuto vecino que no baja nunca a la piscina en verano. Se supone que en Japón han inventado una sangre sintética que sustituye a la de verdad, y que venden embotellada. Así que, como no tienen que sacarla del cuello de la primera incauta que se deje seducir y pueden comprarla en el súper de la esquina, no tiene mucho sentido ocultarse por ahí. Salen del ataúd, como quien dice (de hecho, lo dicen).
Así que una pequeña localidad de Luisiana, en el sur más paleto de los EEUU, ve alterada su paz habitual por la llegada de un nuevo vecino tirando a vampiro. Pero un vampiro con un fuerte sentido de la moral, ojo. A partir de ahí se empieza a embrollar todo, nadie es lo que parece ser y prácticamente todo el mundo tiene un secreto que guardar, cosa complicada de hacer porque la protagonista es capaz de leer la mente a la gente a pesar de no quererlo. La chica tiene un hermano un poco atontado al que acusan del asesinato de varias chicas que han tenido “tratos” con vampiros… y más cosas.
Lo sé. Como diría mi abuela… una tontá. Y lo es. Pero es que la serie tiene algo que engancha.
Para empezar, están todos más salidos que el pico de una mesa. Incluso los vampiros. Especialmente los vampiros, en realidad. Cosa que me parece muy extraña, sobre todo en los vampiros de sexo masculino: Se supone que los vampiros están muertos, y no les late el corazón. O sea, que no tienen presión sanguínea de ningún tipo. Lo que impide tener, bueno, erecciones como dios manda y, además, sin tensión la sangre terminaría por acumularse en los pies, por la gravedad…pero tampoco hay que ponerse muy tiquismiquis.
Para seguir, tiene muchas escenas de sexo. Bueno, vale, que ya no es como cuando a Sabrina se le salió la teta en el especial de navidad de 1988, que no estábamos acostumbrados. Pero es que llama la atención tratándose de una serie norteamericana. A veces juntan escenas de sexo con enormes cantidades de sangre y queda todo muy escatológico… pero mola.
Y, para terminar, el argumento es tan tonto, los personajes tan estúpidos y las situaciones tan raras (como cuando la chica va a presentar su nuevo novio Vampiro a su abuela) que hace gracia. Así que si queréis echar unas risas, ver alguna chica y algún chico de buen ver y ligeros de ropa, y tampoco darle demasiadas vueltas a lo que cuentan… sin duda, True Blood es vuestra serie.
Sed buenos.
