Nepal (8) – El High Camp

Ascendiendo lentamente

Ascendiendo lentamente

Tal y como conté en la anterior entrega, la noche dentro del saco fue mucho mejor de lo esperado. Fue hasta calurosa.  Este último punto es discutible, por supuesto, dependiendo de quien sea el que emita el enunciado. Frío no pasé, aunque los efectos de la estaban empezando a hacer estragos en mi organismo. Para empezar no conseguía respirar bien del todo, lo que me hizo descansar poco y mal. Cualquier movimiento dentro del saco, algo tan rutinario como darme la vuelta en la cama o quitarme las mallas por tener calor, ponían mi corazón a la velocidad propia de un adolescente enamorado en presencia del motivo de sus desvelos. Por el  momento no tenía dolores de cabeza o mareos, pero me estaba empezando a dar nauseas la comida, especialmente un sabor de fondo que parecía tener todo, desde el arroz hasta las verduras fritas, pasando por el queso, la pasta o el aire… lo que hizo que apenas probara bocado. Y quizá todo esto me produjo como una desazón. Estaba cansado de comer el pan tibetano del desayuno, o el arroz de la comida o la pasta de la cena. Hasta el queso me producía nauseas… algo que quien me conozca sabrá que es tan poco probable como ponerme a rezar un padre nuestro espontáneamente.

El amigo estaba conmigo sin haberle invitado.

Nuestro guia en un precario puente de madera

Nuestro guia en un precario puente de madera

El plan para ese día era muy sencillo: Pasaríamos de los 4.200 metros de Ledar, a los 4.900 metros, del , invirtiendo en ello entre tres y cuatro horas nada más. Estamos hablando de una altura considerable ya. Para satisfacción de mis piernas, más de la mitad del recorrido sería ganando altura muy lentamente, lo que Chewan llamaba “ Plane”,  que haría más llevadera la marcha. Algo que se agradecería enormemente porque, aunque no tenía cansancio del día anterior, no había descansado completamente. Al salir al exterior del lodge, por decir algo, porque el interior del lodge era igual de frío que el exterior, hacía lo que se puede denominar como “una buena mañana”. Al menos no llovía. Pero a pesar de que la noche había sido fría, la escarcha helada que lo impregnaba todo así lo demostraba, no parecía que fuera a ser una jornada de temperaturas bajas. Y como pasa siempre, al comenzar a andar el forro polar sobraba pronto y al poco rato ya habíamos guardado los gorros y las bragas en la mochila… no hay nada como una caminara enérgica para que suba la temperatura ¿No?

Un Yak lanudo

Un Yak lanudo

La estrecha vereda transitaba por unos páramos deshabitados y solitarios al borde del precipicio. Cientos de metros más abajo quedaron los pueblecitos pintorescos que atrabesábamos en nuestro caminar. Ahora, nuestra única compañía eran los matojos de hierba y algún arbusto despistado, aunque de vez en cuando un Yak lanudo aparecía entre la niebla y nos miraba aburrido mientras masticaba alguna correosa raíz. A lo lejos vimos cabras salvajes (a falta de un nombre más científico) saltando de piedra en piedra como si la altura y sus efectos no fuera con ellas. Y, quitando a algunos occidentales, laúnica presencia humana era la de algún guía o pequeños grupos de serpas. Cada poco nos teníamos que apartar para dejar paso a los serpas que nos alcanzaban y pasaban cargado con sus pesados fardos, andando aparentemente despacio. Pero sólo aparentemente. Estaba claro que para ellos tampoco había mal de altura que valiese. Ni frío, a juzgar por las chaquetas livianas o las sandalias de cuero desgastado de las pies.

El serpa está en la media hora del bocadillo

El serpa está en la media hora del bocadillo

Cuando llegamos a Thorung Phedi apenas habían pasado dos horas de marcha. Éste campamento era el único punto habitado del camino entre Ledar y nuestro destino para ese día. Los que no habían dormido en Ledar la noche anterior siguieron hasta allí, ganan un día a la ruta. Como después pudimos saber, la noche en el campamento había sido de todo menos placentera. Enormes goteras mojaban los sacos y el frío fue mucho más intenso que en Ledar, aunque sólo fuera por la diferencia de altitud. Nuevamente la suerte se había puesto de nuestro lado en el viaje. El halo ese que me sigue a todas partes. También fue en ese punto donde apareció tímidamente el sol durante un instante. Allí descansamos durante un rato, sentados en una mesa de piedra y refrescamos el gaznate con el agua fresca de la cantimplora, realmente fría por estar a temperatura ambiente. Yo aproveché el tiempo de descanso para comerme una barrita energética, a pesar de la nausea, más que nada por la insistencia de Mariu preocupada por mi apatía gástrica. Ella me conoce perfectamente y sabía que no era muy normalmi aparente falta de apetito: soy un comilón incorregible.

Rocas y nieve... lo único que se veía en todo el camino

Rocas y nieve... lo único que se veía en todo el camino

En esas estábamos cuando nuestro guía nos dijo dos cosas: Primera, que el tiempo mejoraría por lo que el día siguiente sería un día magnífico (algo que hizo que miráramos a nuestro alrededor intentando ver lo que fuera que él estuviera viendo y que le hacía pensar eso); y segunda, que se adelantaría al High Camp para coger sitio. Dicho lo cual salió a la carrera por la empinada pendiente. Es sorprendente cómo esta gente es capaz de hacer éste tipo de proezas. Supongo que tienen cierta predisposición genética para adaptarse a la altura, además de muchos años de experiencia… pero verle brincar cuesta arriba a toda velocidad era, sobre todo, envidiable. Y no invidia de la buena precisamente. Yo no había recuperado el resuello cuando Chewan desapareció de nuestra vista detrás de una enorme roca.

La primera visión del High Camp

La primera visión del High Camp

Ante nosotros quedaban los últimos 300 metros de desnivel del día, concentrados en una pared vertical de roca. Una zigzagueante senda pedregosa que ganaba altura por una empinada ladera y se perdía en la niebla. Al final de ese camino, decían los más optimistas, había un campamento donde dormiríamos. Para mí aquello era una pared vertical prácticamente impenetrable. Sin la supervisión del guía, que siempre se empeñaba en que fuéramos todos juntos, cada cual encontró el ritmo con el que se encontraba más a gusto para subir. Esa es una de las normas de la montaña, aunque suene a poco solidaria. Cada uno tiene un ritmo ideal, en el que cuesta menos esfuerzo caminar. Eso es lo que se aprende después de muchas jornadas de montaña: uno aprende a escuchar a su cuerpo y sabe qué ritmo es el más adecuado en cada momento. Aunque pueda parecer ilógico, andar despacio también cansa, si el ritmo que uno tiene es más elevado. Escarabajo, el más en forma de todos nosotros, salió en persecución del guía, al que no consiguió alcanzar por muy poco. Y yo, el más perjudicado por la falta de oxígeno, me fui quedando atrás poco a poco.

El High Camp en todo su explendor

El High Camp en todo su explendor

Esos trescientos metros fueron muy duros para mí. Invertí una hora y media en recorrerlos, pero a mí se me hizo eterno. Sobre todo porque la senda en zigzag no parecía tener fin. No se veía la meta en ningún momento y, cuando la pendiente parecía terminar algunos metros más arriba, aparecía otra cuesta detrás más empinada si cabe, para mermar la moral ya por los suelos. Si al menos hubiera brillado un sol radiante en el cielo… pero por suerte, después de un recodo y tras un rato de descanso para recuperar el aire, apareció, como si de la mismísima Shangri Lha se tratase, la pétrea figura del campamento. Su sola contemplación me dio la energía necesaria para esprintar en los últimos metros y llegar a la meta a buen ritmo. Eso, y la insidiosa grabación en vídeo de esos últimos metros por parte de Escarabajo. Si iba a quedar documento gráfico de mi llegada, no sería una imagen de un montañero destrozado a paso cansino.

A punto de inventar el Frigo-huevo

A punto de inventar el Frigo-huevo

El High Camp es una agrupación de casas bajas de piedra al pie de un cortado, Aprovechando un trozo de terreno más o menos horizontal. Está resguardado de los vientos que siempre hay por la zona por un farallón de piedra de enormes proporciones. El campamento se compone de un edificio principal, con las cocinas y el comedor, y las construcciones de piedra y barro que constituyen las habitaciones donde pasar la noche. Apenas un cuartucho pequeño donde dejar la mochila con un par de camastros de madera en los que tumbarse a dormir. En la sala común, el comedor, se domina desde sus amplios ventanales el valle que se extiende miles de metros más abajo, y se mantiene caliente por el calor de los fogones de la cocina y, bueno, el calor humano, que también lo hay.

Dormitando junto al ventanal... otra forma de aclimatación

Dormitando junto al ventanal... otra forma de

Allí pasamos el resto del día, jugando de nuevo al mus o dormitando junto al ventanal por el que entraba de vez en cuando algún rayo de sol, como queriendo darle la razón a nuestro guía. Pero sobre todo tomando hot lemon bien calentito. Se estaba bien allá arriba. Parecía mentira que, a casi 5.000 metros de altura, hubiera ese remanso de paz, ese lugar a cogedor en el que descansar. Supongo que algo de nuestra parte también había. Se notaba que estábamos a pocos pasos de la meta y los ánimos estaban a tope. A pesar de los pequeños inconvenientes, del frío pasado y del cansancio acumulado, estabamos contentos. Y eso se notaba.

La sala de descanso de los Serpas... con tele y todo

La sala de descanso de los Serpas... con tele y todo

Después de tantos meses de preparación, de imaginar la situación de mil maneras diferentes… estábamos a pocas horas de la cumbre. De alcanzar la meta.

Pero eso sería al día siguiente… muy, pero que muy temprano. Y lo contaré en la siguiente entrada.

Por cierto: la mayoría de las fotos que ilustran este texto no son mías (razón por la cual salgo en casi todas, por otra parte). La explicación es que, entre otro de los efectos secundarios del mal de altura, estaba la de no hacer un número suficiente de fotos.  Vamos, que estaba alelado. De éste día y del día siguiente tengo muy poco material fotográfico… lo que es una pena, dada la belleza del entorno. Por suerte mis compañeros de viaje sí que estuvieron más atentos.

Para hacer las fotos más grandes sólo hay que hacer clic en ellas.

West CHulu (6.419 mts) y Central Chulu (6.584 mts)

West CHulu (6.419 mts) y Central Chulu (6.584 mts)

Acerca de Kike Castelló

Montañero, escritor, bloguero, productor, guionista y director de cine, revolucionario aficionado, tertuliano a ratos, ex presidente de mi comunidad, buen profesional y mejor persona. Y ahora también tío. Me considero un Leonardo DaVinci de la éra moderna. Evidentemente, me tengo en gran estima.
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