
La profesora sustituta
En tercero de BUP yo tenía una profesora de lenguaje a la que llamábamos “La Garrapata”. Era un mote heredado de cursos anteriores, así que muy bien no sé a qué venía. Unos decían que era por la inmensa verruga que tenía en la cara, de esas verrugas peludas que parecen tener personalidad propia, y una opinión bien formada sobre política. Una verruga hipnótica que, aún sin tener con qué hacerlo, te da la sensación de que te está mirando… y no bien, precisamente. Otros decían que la llamaban así porque era ligeramente contrahecha y pequeña. Y fea como su mote. Yo me inclino a pensar que simplemente alguien le puso ese mote porque le pareció especialmente desagradable.
Lo cierto es que con ella mis posibilidades de aprobar se podían equiparar a las de un emigrante recién llegado del África más profunda, sin saber castellano y, posiblemente, con alguna deficiencia auditiva aguda. Algunas sillas sacaban mejores notas que yo. Con ella todo el mundo estaba suspenso y, al menos en mi caso, no hacía falta que demostrara lo contrario. En realidad a mí no me preocupaba lo más mínimo suspender lenguaje… a fín de cuentas yo siempre he sido de ciencias. Pero a mis padres nunca les gustó que yo suspendiera nada, así que cada vez que llevaba las notas a casa había conflictos generacionales en los que siempre se terminaba oyendo “jovencito, yo a tu edad ya estaba trabajando”. Pero no sólo por el lenguaje, sino por el resto de asignaturas que suspendía, que no eran pocas. Nunca fui un alumno muy aplicado.
El tercer trimestre “La Garrapata” se puso mala. Ese hecho supuso que corrieran muchos rumores sobre las posibles enfermedades de la pobre mujer. Algunos realmente imaginativos. Al final resultó ser Hepatitis, lo que la mantuvo de baja durante el resto del curso. Para ella fue una mala noticia, pero para nosotros abría un resquicio a la esperanza. El profesor de sustitución que pone la compañía de seguros desde el kilómetro cero no podía ser peor que la señora de la verruga.
El profesor fue en realidad una profesora. Era joven y guapa. Pero sobre todo joven. Bueno, y guapa. Y entró en clase el primer día con un estilo diferente. Para empezar se sentó en la mesa del profesor con las piernas cruzadas. Se presentó y empezó a contarnos una historia sobre su primer día de clase en la facultad. Era una historia divertida, con algunos reveses y contada de una manera muy interesante. Ni que decir tiene que la clase se pasó volando. Ella había usado su presentación para enseñarnos lo que haríamos el resto del trimestre: Escribir historias.
Ahí me ganó.
Por primera vez escuché palabras como “presentación-nudo-desenlace”, trama, relato clásico… comedia, drama. Yo había leído siempre mucho, pero jamás se me había ocurrido pensar que las historias se tienen que contar de una manera concreta, que hay una estructura, y que se viene haciendo de la misma manera desde siempre. Entre otras cosas porque no hay otra forma de hacerlo, sobre todo si se pretende que la gente se entere o no se aburra. Y, lo mejor de todo: los deberes eran escribir relatos. No hace falta que diga que esos deberes los hacía sin rechistar.
El primer relato que hicimos hubo que leerlo en voz alta delante de toda la clase. A mi grupo nos había tocado hacer un drama. Y en cierta forma era un drama. Visto desde lejos. Trataba sobre venganza de un poli al que matan a su compañero. Lo sé, no era muy sofisticado y, bueno, se han hecho mil y una películas sobre lo mismo. Algunas hasta aceptables y todo. Sobre todo las que no están hechas en Hong Kong. Ese relato tuvo dos cosas buenas.
1) Me pusieron un ocho. El primer ocho en lengua de la historia de la familia. Conseguí sacar más puntos con ese relato que la suma de todas las notas desde el colegio.
2) El rotundo aplauso de mis compañeros, y alguna que otra carcajada de la profesora (en los momentos en los que tenía que hacerlo). Algo que, sin duda, engancha…
El relato lo perdí. Al menos no lo encuentro. Pero ya se sabe… las madres lo guardan todo, así que posiblemente esté en el montón de papeles del trastero. Curiosamente el nombre de la profesora no lo recuerdo, aunque creo que no sería difícil averiguarlo. Si alguna vez consigo publicar alguna cosa… mejor… cuando consiga publicar alguna cosa, buscaré su nombre para dedicárselo… a fin de cuentas ella tendría parte de la culpa ¿no?
Sed buenos.
