Siempre es una alegría que viejos amigos vengan de visita. Y si, además, lo hacen de tan lejos como puede ser Alemania, con mayor razón. Este fin de semana vino Sabine con la pequeña Anna y disfrutamos de un magnífico día de montaña. Y lo que es más importante: aprendí los colores en alemán… que no es poco.
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