[singlepic=11106,320,240,,left]El agua caía cantarina desde una altura impresionante con el vozarrón propio de una soprano entrada en carnes. Al paraje donde nos encontrábamos se le conoce como la Chorrera Negra, y es el desagüe de unas lagunas de aguas heladas que hay muchos metros más arriba. Algunas acumulaciones de nieve, lo último que quedaba de las nevadas de semanas anteriores, de este invierno tardío y extraño, todavía aguantaban los calores propios del verano de esta extraña primavera. De haber un poco más de nieve habría sido imposible acometer el ascenso.
Nuestro camino estaba claro, hacia arriba, siempre hacia arriba, junto a la cascada, y por una senda que cualquiera diría que era una acumulación aleatoria de rocas de desigual tamaño. Las piernas, pesadas por el cansancio de demasiadas horas de caminata, casi se negaban a dar un paso más, y sólo la fuerza de voluntad impedía que se detuvieran. La mala noche, el no haber ingerido alimento sólido en todo el día, hicieron que la ascensión fuera penosa y larga. Y siempre con el estruendo del agua al caer como banda sonora.
[singlepic=11109,320,240,,right]El final de la larga cuesta no es un pico escarpado y batido por el viento, sino que se llega a un bello paraje, cubierto por una hierva verde y en el que destaca una quietud propia de la mítica Shangri-La. Apenas se escucha el murmullo del agua, escapando de la prisión de hielo donde ha pasado el invierno. Aquí, en la primera de las siete lagunas, el tiempo parece detenerse y uno es consciente de que está ante un espectáculo increíble, junto a la laguna, en mitad de un circo glaciar, circundado por altas cumbres coronadas de nieve.
La decisión es complicada, porque por un lado está el objetivo de ascender al Mulhacén, y tocar con las manos el techo de la Península, y, por otro, la pradera llama al descanso del caminante con atractivos cantos de sirena y promesas de paz. Y el estómago ruge. En realidad la decisión estaba tomada de antemano: culminar el ascenso llevaría otras dos horas por lo menos, lo que no garantizaría el descenso al campamento base antes de anochecer. Habrá que repetir la ascensión con un poco más de tiempo…
Abajo, al pie de la montaña, esperan los demás miembros del grupo y, lo que es más importante, una jarra de cerveza bien fría. Por cierto: estando donde estábamos, la cerveza no podía ser otra…

Felicidades por la portada!El escrito está muy bien hecho, con trocitos de prosa poética preciosos. Se nota que te gusta escribir y en este caso concreto has puesto mucha almita en ello. Es una preciosidad la manera de escribir lo que quieres transmitir y el sentimiento de lo que alli vivimos algunos.Enhorabuena y sigue asi . Besotes
Gracias Mónica… pero llamar prosa poética a lo que he escrito… no sé… es quizá exagerar un poco ¿No? Yo prefiero pensar que en esta ocasión no he usado el tono irónico de costumbre…Un beso.
Bueno, bueno Kike, que yo no he dicho nada mas que la cerveza al final. ¡Nunca se me ocurriría pensar que bebéis demasiada en mi ausencia! Podemos preparar otro intento y será más fácil si se ataca desde el refugio de Poqueira que está muy bien. Voy a ver si propongo un fin de semana en Picos de Europa para los días 6,7 y 8 de junio; para que entrenéis para Nepal,..