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Kike Y José Manuel seguían con la alegría en el cuerpo Una foto artística Lo sé, un poco pesado con las cumbres... Algunas escaperas guapas
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Sobre el sábado Noche

30 de Enero de 2007

Por Kike

Lo último en go-gos

Lo último en go-gos

Hola amigos.

Lo primero que quiero deciros es que el relato que os voy a contar es verdad, en su mayoría. Todo lo que cuento pasó, aunque no lo cuento exactamente como pasó, sino como yo lo percibí. Además, tenéis que tener en cuanta que cuando ocurrieron los hechos que voy a relatar, yo estaba un poco “plof” por diferentes motivos, pero principalmente debido al cansancio. Así que no tenéis que leer literalmente lo que pongo. Quizá la cosa fue mejor…

Se trataba del sábado por la noche. Una voz que se parecía demasiado a la mía decía en mi cabeza que tenía que haberme quedado en casa. Pero no lo hice. No suelo hacerme demasiado caso normalmente, y en esta ocasión no sería una excepción. Me dije: “Está bien, es sábado por la noche. Soy un hombre joven, así que tengo que salir.” Lo único que tenía claro era que no quería ir a una discoteca.

Pero ahí estaba yo, a la una de la mañana, en la cola de entrada para la discoteca. Los más antiguos del lugar la conocían como Sala Arena. Ahora se llama DU OM. El gorila de la puerta, un tipo gordote y calvo nos detuvo justo en el momento en que nos tocaba entrar. Nos dijo que teníamos que tener en cuenta que a esa hora “tan temprana” había “gente mucho más joven”. “No si encima tenemos que aguantar que nos llamen viejos”, dije, esperando que el gorila me expulsara de la cola y no me dejara pasar. Pero en lugar de eso se produjo un momento de sinceridad y el armario ropero nos confesó su edad. Sólo faltó que nos fundiéramos en un abrazo entre lágrimas…

Al entrar en la Sala la media de edad subió hasta los 19 años. Había que tener cuidado de no pillar un acné flotando por ahí. Me sentí de nuevo como cuando hice la prestación social sustitutoria en la Ludoteca Municipal. Solo que aquí las niñas, en lugar de llevar babi, estaban vestidas con faldas muy cortas, escotes pronunciados, y mucho maquillaje. Pensar en simplemente saludar a una podría constituir un delito. Por suerte, el volumen de la música era lo suficientemente alto como para que no se escuchara ni un pensamiento. Aunque, sinceramente, llamar música a eso es como decir que los obreros de la M30 son grandes compositores. Yo lo llamaría ruido rítmico. En aquel momento lo habría llamado simplemente basura si alguien me hubiera preguntado.

Pagué la cerveza más cara de la historia (con la que seguramente se podría sufragar la educación de los niños en un país pequeño de África) y me dispuse a pasar el rato como buenamente pudiera, metiéndome en un rincón apartado junto a una pared, para quitarme de en medio, y dándole breves sorbos a la botella verde. Sólo un átomo por vez, no se fuera a terminar demasiado pronto. Mientras, mis amigos bailaban al son del son digital.

De pronto, el doble de las escenas de riesgo de Shrek, o el gigante de los Goonies, se subió al escenario que teníamos delante y empezó a bailar. Su enorme barriga se movía como si tuviera vida propia, y su calva hacía de espejo donde se reflejaban y multiplicaban las luces de colores y los rayos láser con formas divertidas. Por lo demás, lo hacía con mucha gracia y sin ningún tipo de complejo y se le veía disfrutar. Estaba absorto contemplando al intrépido bailarín, cuando noté movimiento a mi izquierda, donde antes no había nadie. Al mirar hacia ese lado vi a un tío en calzoncillos, con botas de futbolista y gafas de sol, hipermusculado, vitaminado y mineralizado. Era UN gogó. De LAS gogós no había ni rastro.

Ya estaba la sala muy llena. Y cada vez nos encontrábamos más apretados (por suerte el gogó se marchó a gogear por ahí mucho antes). Salió entonces el antropólogo que llevo dentro. Desde que el mundo es mundo la gente en las discotecas se suele dividir en tres grupos. Los que bailan para sí, los que bailan para ser vistos y los que tienen el piloto automático puesto. Estos últimos dejan vagar su mente mientras sus músculos se mueven rítmicamente, aunque sin alardes técnicos. Digamos que están por estar, aunque preferirían estar en otra parte. Yo, que soy de ese tipo, ni me molestaba en contorsionarme rítmicamente. Digamos que seguía la música apoyando la espalda con ritmo contra la pared.

La gente, casi siempre mujeres, que baila para sí o para sus amigos, suele formar un corrillo y se miran unos a otros mientras bailan. Normalmente hacen mucho el tonto y, en general, son los que mejor se lo pasan. Si llevan enormes penes de plástico en la cabeza se les considera una despedidas de soltera. Por el contrario, los que bailan para ser vistos, también forman corrillos, pero más que para marcar un espacio, para controlar los 360 grados de la circunferencia. Si ven algo que les gusta suelen exhibirse y hacer complicados bailes rituales, a fin de llamar la atención del macho, o de la hembra. Igualito a lo que hace la grulla del atlántico.

Mis pensamientos vagaban por ahí cuando alguien me tocó el hombro y volví a la realidad. Era un chico ataviado con una gorra blanca, y con pendientes en zonas insospechadas de la cara, que me miraba sonriente. Me dijo: “Pero muévete un poco colega”. Debí de ponerle cara de “te perdono la vida porque me he dejado la Mágnum en el ropero”, y me volvió a decir: “¿No te gusta la sesión? ¿Te han traído engañado?”. Asentí y se empezó a descojonar a mandíbula batiente. “Qué putada, colega”, y se marchó. Me reí yo también. Me había caído bien el chavalín…

Por suerte salieron LAS gogós. Ligeritas de ropa, y haciendo movimientos sensuales. Mucha silicona y demasiados tatuajes para mi gusto, excepto una, delgadita y ataviada con un vestidito nervioso. Para quien no lo sepa, los vestidos nerviosos son aquellos que moviéndose lo justo casi dejarían ver los encantos ocultos de quien se los pone… pero nunca llegan amoverse lo justo. De ahí los nervios…

Otra cosa me alteró mucho más los nervios, pero como estamos en horario infantil, no lo puedo decir…

Las 4 de la mañana fue el momento elegido por mis compañeros para marcharnos. Tenía un insufrible zumbido en los oídos y la garganta seca. Me dolían los pies y estaba un poco de mal humor. Quitando el zumbido de los oídos, lo demás ya venía conmigo desde que salí de mi casa, así que podríamos decir que no estaba mal del todo…

Sed buenos.

PD.- El zumbido de los oídos me duró todo el domingo. El dolor de pies todavía persiste, aunque atenuado, y el mal humor se esfumó en cuanto pude dormir un poco. Pasé todo el domingo tirado en el sofá, envuelto en una manta, dormitando. Tan sólo concentrado en el laborioso arte de respirar…

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2 Comentarios para “Sobre el sábado Noche”

  1. Carolina Carolina dice:

    Ay Kike, cada edad tiene su afán! Y nuestros afanes, en mi opinión … ya no son las discos…

  2. Kike Kike dice:

    No creo que sea cosa de la edad, la verdad. El doble de Shrek debía rondar los 50 años y ahí estaba, tan pancho. En realidad nunca me gustaron las discotecas (el ruido ensordecedor anula mi punto fuerte y potencia uno de mis peores puntos flacos). Siempre he preferido otro tipo de ambientes para mis correrías nocturnas. Pero de un tiempo a esta parte me he visto, en cierta forma, arrastrado hacia ese mundillo nocturno por fuerzas poderosas (dos, para ser exactos) difíciles de combatir. La experiencia del sábado fue reveladora, así que supongo que ya terminó mi aventura tecno (al menos por el momento).

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