Índice de: Un español en Rusia
- Sobre Vadim (1)
- Sobre Vadim (2)
- Sobre Vadim (3)
- Sobre Vadim (y 4)

Un furgón de la policía
Hola amigos.
1997 fue un año tranquilo en el este de Europa. Y en el Oeste, tres cuartas partes de lo mismo. Quitando algún accidente nuclear en Japón y algún que otro problemilla de carácter militar en centro América, podríamos decir que el mundo era un lugar tranquilo donde vivir. En cuanto a mí, habían pasado 6 años desde la fría despedida en el aeropuerto de Sverdlovsk y yo ya no era ese jovenzuelo despreocupado de 16 años, bebedor de vodka barato. Tenía un trabajo interesante, un contrato indefinido y muchas ganas de divertirme.
Retomamos la historia un domingo cualquiera por la mañana de principios de primavera. Había llegado tarde la noche anterior porque había estado de juerga con mis amigos hasta las tantas, tomando (yo) unas cocacolas (estaba en mi gran etapa abstemia de finales de los 90) y era condenadamente temprano, dadas las circunstancias. Pero lo cierto es que mi madre me despertó y eso no era demasiado normal. Sólo dijo “Vadim está aquí” y, como habría hecho cualquier persona abstemia en mis circunstancias, me lo tomé a guasa. ¿Cómo era posible que un tipo del que no había sabido absolutamente nada en 6 años apareciera de nuevo en mi vida? Pero no, Vadim estaba allí, en la buhardilla de mi casa acostado en la cama de los invitados. Subí a verle, salió de la cama en calzoncillos y me dio un abrazo de amigo igual de frío que el último. Estaba mucho más delgado que seis años atrás y fumaba como un carretero tabaco negro.
¿Cómo había llegado Vadim hasta aquí? Esta pregunta sencilla no tenía precisamente una respuesta sencilla. La versión oficial era que Vadim había entrado en un programa de desintoxicación para toxicómanos regentado por un grupo de Jesuitas afincados en Parla. Supongo que el conocimiento del idioma le ayudó a entrar. En realidad el grupo de Jesuitas era una tapadera para la importación de mano de obra barata del este de Europa para un campo de trabajo en la región de Murcia (aunque de esto nos enteramos más tarde). Habían tenido un problema de plazas en su albergue de Parla y Vadim les dijo que tenía unos amigos cerca. Y les condujo a mi casa. Mi madre, en contra de lo que mi padre o cualquier persona sensata del mundo hubiera hecho, se hizo cargo del chaval, le preparó una cama y le dio de cenar. Los jesuitas volverían por él el lunes, para meterlo en el programa de desintoxicación (de trabajos forzados).
Yo le saqué esa mañana a dar una vuelta por el pueblo, para que viera los cambios de los últimos años. Él me preguntaba sobre cosas del país, sobre el precio de la vivienda, y, a las claras, me dijo que quería un trabajo para poder quedarse. Cuando le dije que el trabajo estaba muy chungo, me preguntó por amigas mías que quisieran contraer matrimonio. Vamos, que a mí me costaba horrores conseguir los favores del sexo femenino, y el ruso quería que le apañara un matrimonio… Como no consiguió nada por ese lado, se empeñó en que le llevara a una dirección. Más concretamente a la casa de Maricarmen Muñoz , la chica que conoció 7 años antes en la discoteca y con la que, por supuesto, no había mantenido ningún tipo de correspondencia en todo este tiempo. Pero de la que, curiosamente, guardaba la dirección en un papel arrugado en la cartera.
Y ahí me encontré yo, llamando al timbre de una casa, preguntando a una señora en bata y rulos por una chica a la que no conocía y de la que no me acordaba, y explicándole que el ruso aquí presente la conoció unos años antes y quería verla de nuevo, con el firme propósito de pedirle matrimonio. Supongo que la mujer hizo lo más lógico y nos cerró la puerta en las narices.
La tarde y noche la pasé subvencionándole los tequilas con sprite en el bar de moda del pueblo y, entre tequila y tequila, me contó la historia real de su vida. Resulta que el buen hombre se convirtió en el número 2 de un “industrial” de la zona de Sverdlovsk. Digo “industrial” porque el señor en cuestión murió ametrallado en su coche un par de meses antes. Vadim se vio obligado a huir, dejando a su familia y a una novia bastante guapa en Rusia. Por un contacto en el grupo de jesuitas, un amigo y él vinieron a España con un visado falso con la firme intención de rehacer su vida en nuestras cálidas costas. Necesitaba un permiso de trabajo, o una mujer casadera para no vérselas con inmigración cuando el visado caducara. Así que, resumiendo, la parte positiva de la historia era que no teníamos a un toxicómano durmiendo en la buhardilla. La parte negativa de la historia era que habíamos dado alojamiento a un tipo buscado por la mafia rusa.
A la mañana siguiente mi padre se lo llevó a Parla, al albergue de los jesuitas, para que se lo quedaran para siempre jamás. Algo nos decía que esa no sería la última vez que veríamos al ruso. El hecho de que haya una cuarta entrega de esta historia lo demuestra…
Fin de la tercera parte.
