Índice de: Un español en Rusia
- Sobre Vadim (1)
- Sobre Vadim (2)
- Sobre Vadim (3)
- Sobre Vadim (y 4)

Mikail Gorvachov
Hola amigos.
1991 fue un año más tempestuoso en el este de Europa si cabe que 1990. Concretamente en Rusia, que es donde se desarrolla el capítulo dos de esta historia, estaba sufriendo cambios drásticos. Muchas repúblicas soviéticas se declararon independientes, dada la perdida de poder de Moscú. Incluso hubo un golpe de estado para terminar con Mijaíl Gorvachov (recordareis la famosa imagen de Boris Yeltsin en lo alto del tanque frente al parlamento soviético). Esto ocurrió en septiembre y yo aterricé en Moscú en una fría mañana de Octubre con una maleta repleta de ropa de abrigo, y 200 dólares americanos en el bolsillo, pero sin saber demasiado sobre golpes de estado o Perestroika.
Los españoles, que somos más chulos que un ocho, además de devolver la visita de una semana a la familia rusa, nos dedicamos a viajar otra semana por las ciudades principales del bloque soviético: Moscú y San Petersburgo. Tato, el profesor de ética y música, y otros dos profesores, eran nuestros acompañantes. Visto con la perspectiva que da el tiempo les pagamos dos semanas de vacaciones a los tres profesores porque, la verdad, no les vimos mucho el pelo. Y así pasó… las 7 noches de hotel fueron una orgía constante en la que el vodka barato (no porque fuera malo, sino por el rublo devaluado) corría como si de ríos se tratase. Aprendí a base de mucho sufrimiento a jugar al duro. Miles de neuronas murieron en ese empeño…
Pasamos tres días en Moscú viendo lo típico que se puede ver en esta ciudad. Tengo que admitir que no tengo demasiados recuerdos de este viaje (por lo del duro que comenté antes, y porque dormía de día) y se encuentra entre mis grandes cagadas de la historia. Pero qué le vamos a hacer… tenía 16 años y era el primer viaje interesante sin mis padres… una especie de fin de curso. Sí que recuerdo, muy vivamente además, que comí una de las mejores hamburguesas de mi vida en plena plaza roja de Moscú… en un McDonalls situado enfrente del mismísimo Kremblin. También recuerdo un viaje por el metro de Moscú, donde conocimos a una niña octogenaria de la guerra civil. Nos enseñaron iglesias ortodoxas, museos, el circo ruso y la ópera, donde recuperé una buena parte del sueño perdido la noche anterior.
La estancia con la familia de acogida, los padres de Vadim, empezó de la peor manera posible. Nos habían dado una charla sobre lo pobres que eran en ese momento, por la inflación galopante que sufrían, pero lo terriblemente hospitalarios que se mostrarían. Nos pidieron que no despreciáramos nada de los que nos pusieran para comer, por mala que fuera la pinta, por mucho que se moviese o apestase, porque posiblemente hubieran dilapidado una buena cantidad de dinero para agasajarnos. Un dinero que no tenían.
Así que yo me dispuse a engullir cualquier cosa que me pusieran. El problema es que “cualquier cosa” incluye también una de las cosas que más odio en el mundo: Las berenjenas. Y la buena mujer me puso una bandeja repleta de tal manjar. Y cuando digo repleta, me refiero a todo lo repleta que puede ponerse una bandeja cuando se dispone de información de primera mano sobre las cantidades de comida que hacen en la casa de uno… y Vadim vio que en mi casa podían comer perfectamente 20 cosacos hambrientos… y no quisieron ser menos. Yo engullí esas berenjenas como si fuera la comida más buena del mundo, aguantando las arcadas en cada bocado y achacando las lágrimas que corrían por mis mejillas a lo sabroso del plato…
Los 7 días que pasé en Sverdlovsk se caracterizaron porque no paramos ni un minuto y por ser la temporada más larga que me mantuve sobrio durante ese viaje. Aprendí que la gente se apiñaba en el transporte público como si fuera el último tranvía del mundo, que el precio de las cosas es relativo al lugar donde estés (un taxi costaba unos 25 rublos, un 12% del sueldo medio, pero sólo 75 pesetas de entonces), que el frío lo fabrican en Siberia (10 grados bajo 0 en los primeros días de octubre) y de lo importante que es no perder un guante en esas circunstancias. Vimos la línea no tan imaginaria que separa Europa de Asia (con la gracia incluida de pisar con cada pie en cada continente) y, en general, descubrí que la vida en el bloque comunista era muy triste y carente de luz, y que yo tenía más dinero de bolsillo que todos los habitantes del feo bloque de viviendas donde vivía Vadim.
Mi relación con Vadim empeoró por momentos, y su faceta de caradura estaba mucho más desarrollada que cuando vino a España. Aún así tengo que reconocer que se esforzó por ser un buen anfitrión. Una tarde me llevó a casa de un amigo suyo cuyo padre era el equivalente ruso al estraperlista de aquí, para enseñarme los tres videos que tenía en el salón de la casa, uno encima del otro, conectados a tres televisiones diferentes… supongo que para él eso era lo más de lo más. La verdad es que prefería otras compañías a la suya y sólo nos veíamos para regresar a su casa por la noche, después de las excursiones. No había posibilidad de salir por las noches (cosa que agradecí).
Nos despedimos una fría mañana de octubre, más fría que las anteriores, quiero decir, con un frío abrazo de despedida. Le entregué todos los rublos que me quedaban por las molestias y me marché con el firme convencimiento de que no le volvería a ver en la vida.
Fin de la segunda parte.
