
Un balón más bonito que todas las cosas
Hola amigos.
Para seguir con la entrañable visión edulcorada de la infancia que di la semana pasada, y como si del capítulo dos de mis memoras se tratase, hoy haré hincapié en aspectos menos agradables de mi más remoto pasado: El patio del recreo.
La naturaleza no tuvo a bien dotarme con un físico portentoso. Me hizo vago y perezoso, comodón y sedentario, desde mis primeros días de vida (era capaz de dormir recién nacido casi tanto como algunas mujeres adultas que conozco, y eso es mucho dormir). No gateé por no valer la pena el esfuerzo y si aprendí a andar fue más por empeño de mis padres que por mi propia iniciativa. Era de la opinión de que tarde o temprano las cosas interesantes quedaban a mi alcance sin tener que moverme. Sólo había que darles el tiempo preciso. Supongo que por falta de práctica o algo, no se me dio muy bien andar desde el principio. Cuando la cosa empezó a ser preocupante, mis padres me llevaron al especialista y determinó que tenía los pies planos. No exactamente planos, sino más bien pies valgos… algo que provocaba que mis rodillas chocasen y me hacía más propenso a las caídas de lo que un niño es de por sí. La única forma de solucionarlo era mediante unas costosísimas plantillas metálicas y a unos grandes zapatones con refuerzos, que pesaban como si de plomo estuvieran hechas. Además tenía una tabla de ejercicios para realizar con los pies, por los cuales ahora los tengo prensiles como los de los orangutanes. También me libró de hacer gimnasia hasta casi el instituto (lo que no fue para mí ningún trauma infantil).
Tener unos grandes zapatones negros con refuerzos metálicos no ayuda mucho a ser popular en el colegio. Seamos sinceros, el patio del colegio es una merienda de negros. Es ahí donde se forjan los caracteres de la personalidad y donde se determina el lugar del escalafón que se ocupará el resto de la vida. Y a nadie la sale decir “eh, chicos, elijamos al que tiene esos grandes zapatos metálicos como líder” “Mirad que chulo, ¡Si tienen una hebilla enorme!”. Así que todos se iban con Sergio, el as del balón… que años después se convirtió en el rey de las nenas y hoy vende seguros (y no es un tópico). Yo no podía jugar al fútbol… no tenía movilidad en los tobillos y tenía la firme amenaza de mi madre de sacarme las entrañas si se me ocurría romper “esas botas tan caras y que tanto trabajo costaba comprar”. Las malditas botas del pequeño Frankestein.
En realidad sí que jugaba al fútbol de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Y era un defensa temible, no por ser bueno, sino más bien por el miedo a mis patadas de botas ortopédicas con refuerzos metálicos. Pero era muy malo, terriblemente malo. Tuve que soportar continuamente la mayor humillación que puede sufrir un niño en el patio: Ser el último en ser elegido para el equipo y encima ser cedido “Os damos a Kike” es la peor cosa que le pueden decir a uno en la cara unos chavales. O sea, preferimos jugar con uno menos a que estés en nuestro equipo. Y, total, casi nunca me pasaban la pelota y, bueno, lo de marcar un gol era algo que le ocurría a otras personas. Pero no les guardo rencor. ¿Cómo pasar la pelota a uno que no corre, que no sabe regatear y que no atina con la portería así fuera del tamaño del arco iris?
Así que yo era el único niño de todo el colegio, y me atrevería a decir que del mundo mundial y de algunas partes conocidas de la galaxia, que sacaba un libro de la biblioteca y leía en el recreo. Mientras mis compañeros le pegaban patadas a un balón, yo estaba en el Caribe buscando la isla del tesoro con Long John Silver, o aprendía las cosas de la venganza con el Conde de Montecristo. Descubrí a Julio Verne y lo deberé sin contemplaciones. Y a muchos otros.
Pero aunque parezca mentira, mi condición de rarito no fue lo que me causó problemas, sino que la mayor paliza que me dieron nunca la motivó mi condición de Delegado de Clase y mi Manía de Cumplir la Legalidad. Vamos, que apunté en la pizarra a Jorge, el matón tripitidor de la clase como Uno De Los Que Han Hablado En Ausencia Del Profesor. Y me dio una somanta de palos increíble a la salida del colegio. Pero debí de resultarle gracioso (o patético) y me ofreció su ala protectora a partir de entonces (a cambio de algunos deberes que otros). Fue una transacción comercial beneficiosa para ambas partes. Especialmente para mí, porque él no aprendió nada y ahora será concejal de urbanismo de algún pueblo o quizá algo peor.
Pero ya fuera por orgullo o por algo, me quedaba el resquemor de ser siempre el último en ser pedido para el equipo de fútbol Pero eso lo arreglaron los Reyes Magos y el San Mykasa del Nº5… un precioso balón de reglamento de verdad, blanco y rojo más bonito que todas las cosas. Siendo el dueño del mejor balón de todo el recreo… era el amo. Yo hacía los equipos y, por supuesto, a mí no me cedían ya. Seguían sin pasarme la pelota, no marcaba un gol ni de casualidad y, en general, seguía siendo tan malo como antes… pero el balón era mío.
Sed buenos.
