Después de un número más que respetable de escapadas en mis piernas, 69 (con perdón), es difícil considerar una ruta como especial. Hombre… hay escapadas más especiales que otras, por supuesto. Algunas lo son por haber entrañado un reto físico o mental (y en ocasiones las dos cosas). Otras lo son por el simple hecho de haber conocido a alguna persona “excepcional” (de estas ha habido alguna que otra). Y otras lo son por por habernos permitido disfrutar de un paisaje particularmente bonito.
La escapada del sábado fue muy especial. En realidad no supuso un reto físico o mental especialmente duro (pese a las pocas horas de sueño). Tampoco conocimos a nadie “excepcional”, pero porque ya nos conocíamos todos, que conste. La escapada del sábado fue muy especial por la sencilla razón de que nos encontramos ante uno de los espectáculos más impresionantes que he tenido delante de mis pequeñas narices…
Sí, ya sé lo que estáis pensando: es lo mismo que dice siempre este pesado. Lo entiendo… yo también pensaría lo mismo. Pero creedme… el espectáculo que vimos el sábado fue REALMENTE impresionante…
Todo lo demás también fue estupendo. Cuando el calor apretaba, nos llovió lo justo para refrescar el ambiente (precisamente cuando estábamos en el refugio, para no mojarnos). Cuando la sed se hacía desagradable, aparecía una fuentecilla en la que rellenar la cantimplora con agua fresca (por no decir helada). Y la naturaleza se nos presentó en todo su esplendor a cada paso, con cabras montesas (jamás vimos tantas juntas), lagartijas, lagartos verdes, ranitas, sapos, salamandras…
Dicen que una imagen vale más que mil palabras… pero las imágenes que tomamos de la escapada son un triste reflejo de lo que en realidad vimos el sábado…
Sinceramente, espero que los que no fueron se pongan tan verdes como el lagarto del álbum al ver las fotos.
[nggallery id=83]
