Escapada – Cuerda larga Nocturna

Eran las 7 de la tarde cuando salí de casa y, como viene siendo habitual estos días, hacía un calor de muerte. Pero había unos densos nubarrones en el horizonte, negros y densos, que no hacían presagiar nada más que lluvia… a pesar de que los pronósticos eran de cielos despejados durante toda la noche. Nos montamos en el coche los tres sureños (Josemi, David y yo) y partimos de buen talante hacia nuestro primer destino de la tarde: San Agustín de Guadalix.

Cuando llegamos, las calles mojadas y el ambiente húmedo y agobiante nos dio la pista de que la tormenta de verano ya había descargado parte de su contenido en la zona. El cielo empezaba a despejarse por el sur…

La idea era recoger allí a Alicia y Nicolás, y cenar algo rápido, para llegar a Miraflores a la hora acordada, las 10 de la noche, donde nos reuniríamos con el resto de intrépidos senderistas. Pero lo temprano de la hora hacía poco apetecible la idea de comer algo… y estaba el hecho de que Alicia se lo había pensado mejor y había decidido no acompañarnos a la salida . Alegó cansancio, sueño y utilizó palabras como “Paliza” para describir la ruta. Hizo falta algo de esfuerzo para convencerla de que viniera, pero al final accedió, no sin refunfuñar como una posesa durante todo el trayecto hasta Miraflores… y más allá.

Celia ya había llegado, puntual como de costumbre. No veíamos a Celia desde el Camino de Santiago, allá por el lejano principio de mayo, por la preparación de una oposición, pero dado que era una asignatura que tenía pendiente desde hacía tiempo, no quiso perdérsela por nada en el mundo.

Encontramos una mesa libre en una terraza (algo terriblemente difícil si tenemos en cuenta que era hora punta en la zona de terrazas) y nos dispusimos a cenar algo mientras llegaban los demás. Apenas hubo que esperar a José Manuel, no había dado tiempo a pedir siquiera, cosa que no se puede decir de Carolina y de su acompañante Marco, que llegaron unos cuantos minutos tarde… aunque como fueron muy pocos, tampoco se lo tuvimos muy en cuenta.

La densa nube de tormenta veraniega nos había seguido desde San Agustín hasta Miraflores con el firme propósito de aguarnos la cena al aire libre. Y no tuvo mejor momento para empezar a descargar que cuando nos trajeron las patatas bravas… así que nos vimos obligados a refugiarnos en al interior del bar. Con todo, las croquetas estaban deliciosas y la morcillita, como es natural, muy buena.

Una vez que saciamos nuestro apetito, nos dividimos en dos coches, David, Josemi, Nicolás y Alicia en el de Celia, y José Manuel, Marco y yo en el de Carolina, y nos fuimos hacia el Puerto de , lugar donde empezaría de verdad la escapada nocturna, y lugar al que llegamos casi a las doce de la noche sin percance alguno (si obviamos el juego del ratón y el gato con los coches que protagonizamos en el aparcamiento).

La temperatura era, por lo menos, diez grados más baja que la que estaban disfrutando en la meseta, aunque no se puede decir que hiciera frío. Claro que, para mí, no suele hacer frío casi nunca. Aun así, era fácilmente deducible que la temperatura bajaría algunos grados a medida que ascendiéramos y algunos grados más a medida que avanzara la noche. Pero con el forro polar no habría mayor problema… ¿Forro polar? En ese momento caí en la cuenta de que no llevaba ningún forro polar en la mochila. Durante la cena del viernes en el restaurante japonés (uno con nombre de emperador nipón) una amiga me comentó que quizá el forro fuera excesivo para esta época del año y me recomendó que cogiera una sudadera o similar en su lugar. Cuando estaba haciendo la mochila empecé a dudar sobre qué echar y al final, con las prisas, no eché nada… ahora sólo cabría esperar que no bajara demasiado la temperatura. Aun así, decidí quedarme en pantalón corto y camiseta, y tomar medidas cuando fuera necesario…

En cuanto al cielo, nuestros temores no se vieron confirmados. Los pronósticos no habían fallado y el cielo estaba absolutamente despejado, obviando algún que otro jirón de nube flotando distraídamente a su aire. La Luna, por tanto, estaba brillando en todo su esplendor, pese a no ser luna llena del todo, y se veía perfectamente el camino a seguir. Así que, ni cortos ni perezosos, empezamos a ascender hasta la famosa , el primer pico que coronaríamos en la noche.

Como viene siendo habitual en cualquier escapada que se precie, el comienzo siempre debe de ser ascendente, cuanto más ascendente mejor… y cuerda larga no sería la excepción a la regla. En realidad ese sería el mayor desnivel que habría que vencer en la noche, así que era de agradecer que fuera el primero, ya que estábamos repletos de fuerzas…

Una vez que los ojos se acostumbraron a ver con la tenue luz de la luna no era difícil darse cuenta donde estaban las traicioneras piedras en el camino, o las zarzas y, lo que es más importante, donde estaba David con el GPS. Aunque esa capacidad de visión nocturna no evitó que, a algunos, unas apacibles vacas que dormían en la vereda del camino nos dieran un pequeño susto.

El camino seguía ascendiendo implacablemente en grandes zigzag, pero todos marchábamos más o menos juntos. Claro que, si alguno se hubiera retrasado un poco y perdido el rastro de los demás compañeros, para encontrarlos simplemente habría tenido que seguir los lamentos y quejas que emitía continuamente Alicia en su lento ascenso por la montaña…

Era curioso (y sorprendente) ver que otras personas habían tenido la misma idea que nosotros de hacer la cuerda larga por la noche, aunque la mayoría portaban esterillas, quizá para hacer vivac en lo alto.

El paisaje era tremendo. Bueno, en realidad lo único que se veía eran las luces de las poblaciones cercanas y de Madrid capital, al fondo, pero no dejaba de ser tremendo. Una visión comparable a la que se tiene al llegar en avión por la noche… A medida que ascendíamos contemplábamos como se iban ampliando las zonas iluminadas en el horizonte, y, sospechábamos que la visión desde la Bola del Mundo sería mucho mejor.

Llegar a la Bola de Mundo apenas si nos llevó cincuenta minutos de nada, quizá debido a que nos incorporamos a una pista asfaltada que llegaba hasta la cumbre, mucho más fácil de recorrer, por no tener que preocuparte demasiado de donde pones los pies. Y sí, la capital totalmente iluminada vista desde la Bola del Mundo era, sencillamente, fascinante. Como es de suponer, nos hicimos la foto de rigor… curiosamente la primera de todo el día. Pero tampoco era posible quedarse demasiado tiempo, debido a que la temperatura estaba bajando y el quedarse parado no es recomendable. Allí arriba recibimos el mensaje de uno de nuestros compañeros habituales de escapadas, dándonos muchos ánimos.

A partir de ese momento la ruta transitaba por la cuerda de la montaña, coronando (en la medida de lo posible) otros picos. La senda a seguir no era clara, yo creo que no existía o no se veía, pero como lo único que teníamos que hacer era seguir la cuerda en dirección este, no había pérdida posible (en realidad no había pérdida posible debido al GPS que miraba de vez en cuando David, para cerciorarse del camino a seguir).

Coronamos el siguiente pico, Alto de Guarramillas, sin demasiado esfuerzo, aunque sí es cierto que la gente no hablaba tanto cuando la cuesta se hacía más dura. A nuestras espaldas quedaba la Bola del Mundo, ligeramente iluminada. A su izquierda, y recortada contra la claridad de las luces de la civilización, se veía claramente la inmensa mole de la Maliciosa. Lo que venía a continuación era evidente… una ligera bajada, pero muy ligera, y un nuevo ascenso, esta vez al … Así es la Cuerda Larga todo el tiempo… bajar un pico y subir el siguiente.

El siguiente pico se divisaba perfectamente recortado contra la ligera claridad del cielo: Cabeza de Hierro menor (la mayor era de suponer que vendría después), a 2.365 metros de altura. Hasta el momento ninguno de los compañeros parecía dar muestra de cansancio (ni siquiera Alicia, pese a sus continuas protestas y quejidos) y yo, personalmente, tampoco me encontraba demasiado mal… sólo tenía un pequeño dolor en una rodilla por un golpe con una piedra en un resbalón, nada importante, la verdad.

Camino de Cabeza Menor nos cruzamos con un nutrido grupo de senderistas que parecían estar haciendo Cuerda Larga en sentido contrario al nuestro. A diferencia de nosotros, ellos llevaban encendidos los frontales y las linternas, pese a que la luz que proporcionaba la luna era más que suficiente.

Cuando llegamos a lo alto de La Cabeza Menor sin mayores contratiempos empecé a pensar que quizá la Cuerda Larga no era tan dura como algunos se empeñaban en reseñar, ya que habíamos subido tres de los cinco picos con una asombrosa facilidad. Claro que las complicaciones vendrían a partir de ese momento… en Cabeza Mayor. Si hasta ese momento la senda que seguíamos era prácticamente invisible, en las inmediaciones de Cabeza Mayor quedó totalmente sepultada por unos cuantos miles de toneladas de piedras. Las había grandes y pequeñas, puntiagudas y redondeadas, dispersas y agrupadas, y todas en mitad del camino que teníamos que tomar. Así que, ni cortos ni perezosos, nos metimos de lleno en el campo de piedras y nos dispusimos a llegar al otro lado de la forma que fuera, usando los pies, las manos y cualquier otra parte de nuestro cuerpo que pudiera ayudar… si ya es difícil hacer “pedrusquing” a la luz del día, de noche, con la simple luz de la luna, por muy llena que esta fuese, la dificultad se multiplica varias veces.

Yo tengo los tobillos de porcelana y las piedras no me gustan demasiado. Antes de dar un paso me aseguro que la siguiente piedra donde pondré el pie será estable… y eso lleva su tiempo. Así que me retrasé ligeramente de algunos compañeros más hábiles en estas lides. Supongo que a Carolina o a Celia les pasaría más o menos lo mismo, ya que los tres solíamos ser la retaguardia del grupo la mayor parte de las veces.

Tardamos mucho en bordear Cabeza Mayor, ni siquiera intentamos subir a la cumbre, y castigamos los tobillos y las rodillas más de lo recomendable. Pero lo que más nos llamó la atención de ese tramo fue una abundante manada de Cabras montesas, o Corzos (o similar) que descansaban en la ladera de la montaña al amparo de la oscuridad. En realidad no eran más que sombras recortadas contra el cielo iluminado por la luna, pero en cuando nos escucharon llegar las vimos bajar dando saltos por la ladera de la montaña con una asombrosa agilidad.

Durante todo el trayecto desde la Bola del Mundo hasta ese momento, no había dejado de soplar un molesto viento ligeramente frasco… lo suficientemente fresco para que hiciera incómodo parar a descansar en cualquier parte. Como ya habíamos superado el ecuador de la ruta, ya eran las cuatro de la mañana pasadas, se hacía necesario una paradita para reponer fuerzas y comer algo. Así que buscamos un lugar resguardado del viento para tal menester.

Encontramos una pequeña colina con grandes piedras en las que sentarnos y que ofrecía un resguardo perfecto al aire. Ante nosotros, a unos cuantos cientos de metros, en el valle, había algún que otro núcleo urbano iluminado, seguramente alguno sería Rascafría, aunque no sabría decir cual. Allí comimos alguna de las provisiones que traíamos, frutos secos, chocolate y algún que otro emparedado, todo mojado por el agua de las cantimploras, aunque la parada no fue muy prolongada: no nos parecía interesante quedarnos fríos y, además, aún nos quedaban otras cuatro horas de marcha, según los pronósticos. La buena noticia era que Cabeza de Hierro Mayor era el techo de la ruta y ya sólo nos quedaba bajar, como quien dice. Allí nos llegó el mensaje de otra de nuestras compañeras habituales de escapadas, dándonos ánimos para el resto de la ruta. Ella había adivinado que lo pero lo habíamos dejado atrás…

La hora prevista para que amaneciera eran las 6:55 de la mañana, pero esperábamos que la luna nos dejara de ayudar un poco antes, sobre las 6, momento en el que fueron necesarias las linternas. En esta ocasión el sendero no era tan complicado como el de Cabeza de Hierro Mayor, no era necesario tener tanto cuidado de donde se ponían los pies, y las linternas evitaban confusiones sobre el camino a seguir. Incluso empezamos a ver algún que otro montículo de piedras que indicaba la ruta. Además, bajábamos del pico de Asómate Hoyos por una perfecta pradera perfectamente practicable. Y para hacer más placentera nuestra marcha, desde hacía un rato la sensación térmica era bastante agradable. Y eso siempre es una buena noticia: ya no necesitaría ponerme nada encima, como había temido en un principio.

Poco a poco se empezaba a distinguir claridad en el horizonte. Al principio no fue más que un ligero cambio de tono en el negro de la noche, pero lentamente el negro se fue transformando en azul oscuro, y éste dio paso a diferentes tonos de azul, cada vez más claro. Pronto aparecieron unos finos tonos de naranja, que indicaban claramente que el sol se estaba acercando. Nos estábamos moviendo casi en dirección este todo el tiempo, por lo que veríamos el espectáculo del amanecer en primera fila.

Paramos en unas piedras para descansar un rato. Alicia y Nico se tumbaron apoyados contra una roca, con la sana intención de dormir, aunque fueran unos pocos minutos. Hacía un buen rato que no se oía protestar a Alicia, por lo que era fácil pensar que ya estaba muy cansada. Los demás se quedaron sentados, pero yo quería sacar buenas fotos del amanecer y el estaba justo por donde suponía que saldría el sol. Esa sería la penúltima subida de la noche, que además no sería demasiado pronunciada, y yo me encontraba lleno de energía, por lo que me despedí momentáneamente de mis compañeros, dispuesto a coger el mejor sitio para ver el amanecer. Celia se vino conmigo.

Yo no soy tan buen guía como es David, ya que perdí el camino varias veces y lo volví a encontrar otras tantas. Seguramente hice lo fácil difícil y me debí de complicar la vida demasiado. Posiblemente la línea recta no sea el camino más corto entre dos puntos en la montaña… Todo esto viene al caso porque no había llegado demasiado lejos cuando nuestros compañeros nos alcanzaron. Aun así, yo iba en cabeza cuando nos encontramos con un nutrido y despreocupado grupo de cabras, corzos o similares, no sabría decir qué eran, pero sin lugar a dudas despreocupado. Por esas cosas que tiene la vida, el viento hacía rato que había cambiado y ya no soplaba desde el sur oeste, como durante toda la noche, sino que la leve brisa matinal nos venía de cara, y evitaba que estos animales nos olieran. Eso nos permitió acercarnos mucho a ellos y contemplarlos durante un rato. Nos pareció que se trataba de una especie de guardería para crías o algo así, ya que había un gran número pequeñas cabritas, algunas sin cuernos. Al final nos debieron de ver porque salieron corriendo y brincando ladera abajo.

La ascensión fue un poco más larga de lo que yo había imaginado. Quien habría dicho que lo que en un principio parecía una simple colina, no más que un gran montón de piedras, escondería toda una montaña al otro lado. Al final, con todo, llegamos a lo alto de Bailanderos con tiempo suficiente para contemplar el amanecer en todo su esplendor. Y puedo decir que fue un espectáculo impresionante. El sol nos encontró sentados en un montículo de rocas, puesto allí para con la única intención de servirnos de palco en un teatro natural, y la función fuera un pase privado exclusivo para nosotros… Supongo que a la belleza propia del entorno había que sumar el esfuerzo de haber caminado toda la noche para llegar hasta allí, pero lo cierto es que este amanecer fue de los más bonitos que recuerdo.

Una vez que el momento mágico hubo pasado y volvimos a nuestra realidad (esa realidad de encontrarnos aún un poco lejos de nuestra meta) nos pusimos de nuevo en camino. La última subida de la noche (o primera del día, quizá), sería a la y desde allí bajar nuestro siguiente paso sería llegar hasta el puerto de la Morcuera, donde deberíamos estar sobre las ocho de la mañana para cumplir el horario. Al final no subimos hasta lo alto de la , sino que pasamos por media ladera… pero la intención es lo que cuenta, que dicen.

Y tampoco llegamos a las ocho al puerto de la Morcuera, pero lo hicimos apenas veinte minutos después, por lo que podríamos decir que habíamos hecho la ruta en el tiempo previsto. Bueno… en realidad a la ruta le faltaban todavía algunos kilómetros, ya que los coches estaban en Miraflores, esperándonos pacientemente. Pero como era bajada…

Preguntamos a un grupo de senderistas que estaban haciendo vivac en el aparcamiento de tierra del puerto, cuál era el camino más rápido hasta Miraflores, si la carretera o la pista forestal. Una somnolienta mujer nos indicó que quizá era la carretera la mejor opción, o, al menos, la más rápida. Casi todos se encaminaros hacia la carretera, pero a alguno de nosotros (Nico, David y a mí mismo), esa opción no nos satisfizo demasiado y decidimos bajar por la pista forestal.

En realidad la pista forestal no lo era tanto. Era más bien una especie de torrentera llena de piedras que bajaba abruptamente al encuentro de la carretera… o al menos eso fue lo que nos pareció a nosotros al principio. En lugar de la carretera, que discurría a unos cuantos cientos de metros, al otro lado del río, encontramos una pista forestal bien cuidada. En principio parecía que la pista se internaba en el bosque de pinos a mediada que descendía, pero no nos daba la sensación de que bajara hasta el valle. Y todo parecía indicar que ascendiendo por la pista llegaríamos a la carretera, la opción que desechamos en un principio pero, a priori, la más segura.

¿Qué hacer? ¿Arriesgar con la pista forestal a pesar de internarse en el bosque? ¿Subir hasta la carretera, aunque supusiera desandar lo andado? ¿Bajar hasta el riachuelo y seguirlo hasta el valle (ya se sabe que “de perdidos al río”)? David estaba indeciso. Al final optó por subir hasta la carretera, por ser la opción más segura… pero Nico no estaba muy de acuerdo… él prefería arriesgar internándonos en el bosque por la pista forestal. En cuanto a mí, la verdad es que me daba igual una cosa que otra, ya que no me encontraba especialmente cansado, aunque yo estaba con Nicolás en que quizá la pista forestal al final bajara al valle.

El dilema se resolvió solo, como casi siempre suele pasar. Un par de ciclistas salió de pronto del bosquecillo de pinos y nos confirmó amablemente que el camino correcto era la pista forestal, ya que terminaba en Miraflores. Lo que nos preocupó un poco más fue la indicación de la distancia que nos faltaba… 9 kilómetros más para las piernas. Y 9 kilómetros no son precisamente 60 minutos más de marcha… más bien suponen dos horas, por lo menos.

De haber previsto estos 9 kilómetros de más, seguramente habríamos disfrutado mucho con ellos. La pista forestal se internaba en el bosque, pero discurría siempre junto al pequeño barranco por el que serpenteaba un riachuelo. Había alguna que otra cascada y, sin duda, los altos pinos evitaban que el temprano sol picara más de lo recomendable. Pero como esto había sido un imprevisto, tanto David como Nicolás no estaban de buen humor. Y yo, bueno… no es que me gustara demasiado el recorrido extra que se nos presentaba, pero el encontrarme tan bien después de toda la noche andando (y nada menos que por Cuerda Larga, la mítica Cuerda Larga de la que tanto había oído hablar) hacía que me sintiera especialmente contento… así que podemos decir que disfruté durante los primeros kilómetros de la pista.

Pero aquello parecía interminable. Además, los ciclistas con los que nos íbamos encontrando nos daban informaciones confusas en cuanto a la distancia que nos quedaba por recorrer… unos decían que nos faltaban seis kilómetros, pero al rato otro nos decía que siete, y media hora después, otro nos decía que ocho. Al final decidimos no preguntar mas… hasta que uno de los ciclistas con los que nos cruzamos me reconoció. Se trataba de un chico que había venido a la escapada anterior y con el que habíamos comentado lo de Cuerda Larga. Claro que, con el casco y vestido de ciclista no era fácil de reconocer… Pero lo que más alegría nos dio fue la información que nos suministró: estábamos a kilómetro y medio de la famosa “Fuente del Cura”, lugar donde un amigo nuestro había celebrado su cumpleaños, y desde ahí había un kilómetro hasta los coches, nada más…

Recorrimos esa distancia muy deprisa, quizá por las ganas que teníamos de terminar de una vez, y, al llegar al pueblo, llamamos a los demás al móvil… ya estaban desayunando, en el mismo bar en el que habíamos cenado la noche anterior, donde habían llegado sólo veinte minutos antes que nosotros…

Al final fueron como once horas de marcha, veintinueve kilómetros, cinco picos, nueve senderistas y una buena aventura.

El resto es historia…[nggallery id=39]

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