En ocasiones las cosas no salen como uno las ha planeado. En ocasiones las cosas salen como salen, por si mimas, y porque tienen que salir así. Y salen… vamos que si salen. Incluso en ocasiones salen bien.
El sábado fue un día muy raro. Para empezar manifestación contra la guerra en una tarde/noche más bien fría. Millones de Escaperos (aunque es posible que la mayoría no supieran de su condición de escaperos) gritando consignas pacifistas en contra de la guerra que se nos avecina, apiñados como piojos en costura por las calles del centro de Madrid. Para continuar, un poco de prisa por llegar al teatro, para ver una obra que, bueno, ni fu ni fa. Quizá no era el mejor día para ir al teatro. Y, para terminar de rematar la tarea, irnos de copas por la zona de Bilbao, con lo que eso supone de trasnochar. Con esto intento plasmar la idea de que quizá el domingo no era precisamente el mejor día para irnos a la montaña.
La palabra cancelación se pronunció en voz alta en repetidas ocasiones, pero varios factores hicieron que no fuera posible cancelar la salida. Primero: nuestro amigo Alberto se había apuntado y, dadas las horas que eran, no podíamos avisarle. Segundo: una tal Carolina se había apuntado y, bueno, teníamos curiosidad de conocerla. Y tercero: ¿Qué clase de senderistas seríamos si canceláramos una escapada por estar tomando copas…?
Costó un Potosí despegar los ojos cuando, a las 7:30 de la mana, el maldito despertador hizo de las suyas… y siendo domingo, el dolor moral era mucho mayor. Pero una vez que esa ardua tarea se completó, el resto resultaron más fáciles. Total que, con buen talante y mi mejor cara de sueño, salí de casa dispuesto a pasar un bonito día de campo.
Como Alberto fue puntual, como siempre lo ha sido desde que le conozco (más o menos desde siempre), y no hubo problemas de tráfico (en realidad ¿Quien en su sano juicio se levanta tan temprano un domingo por la mañana?), llegamos con algo de adelanto al aparcamiento de Cantocochino, en pleno corazón de la Pedriza. Allí ya estaba Celia, mucho más madrugadora que nosotros, por lo que puede verse, preparada, lista, ya!, para darse una buena caminata. Besos y presentaciones de rigor y al bar a tomar un café bien cargadito ya que tres horas de sueño pueden ser suficientes para algunos, pero no para nosotros… aunque eso sí, Celia se quedó fuera, disfrutando de los primeros rayos medianamente cálidos del frío Sol de Febrero.
Cuando salimos del bar vimos a Celia hablando con una chica. Inmediatamente se me vino a la cabeza el nombre de Carolina, ya sabéis, la segunda razón por la que no cancelamos la salida. No se puede negar que, así, de lejos y con los ojos aún legañosos por la falta de sueño, la interlocutora de Celia parecía estar muy bien [...] Estaba seria y se le notaba un poco nerviosa. La verdad es que nunca había pensado en ello, pero para la gente debe de ser un poco difícil unirse al grupo de completos desconocidos. Pese a que les ves en fotos , y lees correos electrónicos, no llegas a hacerte una idea de qué te vas a encontrar al llegar al aparcamiento… eso es algo que nunca me ha pasado. En fin.
Mis primeras palabras a la bella desconocida fueron tres: “Eres Carolina, ¿No?”. Y, efectivamente, no era Carolina.
Total que, los tres pinteños, Celia y la bella desconocida [...], empezamos la ruta, camino del Yelmo, nuestra meta del día. El cielo estaba limpio y brillante, con una o dos nubes algodonosas flotando en las alturas sin meterse con nadie. Cada época del año tiene sus colores y sus luces, y la luz de un día soleado de invierno tiene un “algo” especial (aunque personalmente prefiero el “algo” especial de un día soleado de otoño… pero eso son preferencias personales que no vienen al caso ahora). Pero uno no podía dristaerse demasiado mirando el cielo… la Pedriza es lo que tiene, que está llena de piedras de todos los tamaños, y uno tiene que concentrarse en dónde pone el pie y cual será el siguiente paso.
Podría intentar un ejercicio de memoria y reproducir con palabras el sendero que seguimos. Podría… sí, pero no quiero. Bueno… tengo que ser sincero: La verdad es que querría, pero no puedo. No tengo tanta memoria y es inútil que lo intente. Sólo os diré que fuimos ascendiendo más y más hasta que llegamos a los mismos pies del Yelmo… acontecimiento que coincidió (milagrosamente) con la hora de la comida. Así que buscamos un sitio cómodo y soleado, al resguardo del escasísimo viento, y nos dispusimos a deleitarnos con los ricos manjares que cada uno había traído. Diversos bocadillos (jamón y queso, chorizo…), una tortilla (el amigo Alberto siempre ha sido un sibarita)… lo curioso fue lo de la chica nueva: tres tristes mandarinas (1). Y rehusó toda la comida que se le ofreció…
El estómago lleno (algunos), el sol caldeando, una mullida roca de forma ergonómica… son parámetros que animan a dormir una buena siesta. El cuerpo pedía siesta, pero nuestro incansable guía no nos consintió ni la más mínima concesión… al poco de terminar ya estábamos andando de nuevo. Lo buena noticia era que todo lo que quedaba (o casi todo) era cuesta abajo… la mala noticia era que la cuesta era muy empinada, por lo que más que bajar, nos descolgamos… en fin, la montaña es lo que tiene…
Nuestro alocado descenso nos sacó del Parque por la puerta de atrás, pero nos volvimos a meter, para terminar la ruta siguiendo el curso del río, hasta el aparcamiento de Cantocochino. Allí unas cañas de rigor (todos menos la bella desconocida, que tenía prisa por irse) y para casa…
Conclusión: un bonito día de campo, y un terrible cansancio para el resto de la semana…
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(1) N. M. P. (Nota Muy posterior) .- La desconocida (ya no desconocida) nos había mandado un correo unos días antes preguntando por la duración de la ruta y por la comida que debería llevar. Ese correo pasó desapercibido entre el alubión de correos de todos los días, y no le contestamos. Así que la chica decidió atenerse a la descripción que adjuntamos a la convocatoria y sólo se trajo un ligero tentempié… lo que pasa es que al final se cambió ligeramente el camino para que no fuera tan corto…
